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Divide and Conquer

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Item 20: Divide and Conquer

Las noticias de hoy consignan una rebelión de los indios guajiros en los alrededores de Riohacha. El corresponsal cuenta que los resguardos de las salinas están amenazados por un centenar de indígenas, bien montados, armados de carabinas y dardos, que se pasean por la playa con las lar- gas melenas sueltas, como centauros.

Aun a riesgo de merecer el reproche de las gentes sen- satas, no podemos ocultar nuestra simpatía hacia esa acti- tud fiera de los indios guajiros. Es conmovedor y grandio- so contemplar los últimos ímpetus de rebelión de un pue- blo vencido, despojado, aniquilado y olvidado que ha con- servado sin embargo, al través de los dilatados siglos, deba- jo de las cenizas y de los escombros, una pequeña brasa encendida, un poco de genuino espíritu racial, de orgullo tradicional, de sentido de independencia, de odio implaca- ble al vencedor.

Es éste en verdad un ejemplo, reducido en sus propor- ciones, pero solemne y significativo, para muchos otros pueblos que se creen superiores pero que son incapaces de conservar con cierta celosa fiereza su patrimonio espi- ritual, que dejan ahogar sin reato sus ideales propios y su civilización característica dentro de otros ideales y otras civilizaciones exóticos.

Es admirable la capacidad de resistencia de los indios guajiros a la conquista espiritual, al prurito de penetración de una civilización que nosotros creemos superior a la suya, pero que aún no se ha averiguado que lo sea; desde algu- nos años antes de la fundación de Santafé, ya los homéricos guerreros indígenas del litoral luchaban arduamente con- tra la invasión y muchas veces estuvieron a punto de ha- cer fracasar la empresa de los conquistadores; muchas

El ensayo en Antioquia/Selección 121

veces con sólo sus malas armas primitivas arrollaron, ven- cieron y desbandaron entre la selva a los Bastidas, a los Lugos, a los Céspedes; más de un valeroso capitán espa- ñol cayó asaeteado como San Sebastián, entre los riscos ariscos de la costa; y cuando, por medio de estratagemas ingeniosas o por el efecto desmoralizador que producían las armas de fuego y la presencia milagrosa de los caballos, los intrusos lograban un triunfo sobre los poseedores legí- timos de la tierra, no podían en verdad vanagloriarse mu- cho tiempo de ello; porque después de cada derrota, los guerreros indígenas renacían con más vigor, con más áni- mo, y volvían al combate resueltos a morir, como murie- ron tantos y tantos, antes que entregarse al yugo oprobio- so.

Han pasado desde eso largas centurias; el dominio de los conquistadores se propagó y estabilizó sobre el suelo americano; se hizo eterno e irrevocable; toda lucha contra ellos es utópica, fantástica, imposible: desde el punto de vista del indígena, toda esperanza de redención, de libera- ción, está perdida; ni aun cuando en sus almas místicas existiera, como en el pueblo judío, la presunción de un milagro lejano, asentada sobre la base leve de una profe- cía, podrían nuestros indígenas acariciar esa esperanza, porque toda fe se ahogaría ante la formidable realidad; sin embargo, sin fe, sin esperanza, se sostiene aún en muchos de ellos la conciencia de la libertad, el instinto de la rebe- lión; no han transigido íntimamente con el vencedor; lo odian, lo repelen y se alzan contra él siempre que encuen- tran oportunidad, no importan las condiciones infinitas de desigualdad y la seguridad previa de la derrota.

¡Ah, ésta es una lección estupenda para nosotros, como pueblo en probabilidad de ser conquistado, que así esta- mos, y como pueblo conquistador que fuimos en una re- mota época; quizá somos tan fáciles de absorber por otra raza y otra civilización, como torpes hemos sido en imponer

a nuestro turno nuestra raza y nuestra civilización a los pueblos vencidos. ¿Qué hemos hecho, en el curso de nues- tra historia, en favor de los núcleos indígenas? Nada, esquilmarlos, oprimirlos y embrutecerlos por todos los medios religiosos, oficiales e individuales que están al al- cance del hombre. Ni los héroes burgueses de la Indepen- dencia, ni el decantado genio universal del Libertador, ni las burocracias envanecidas que han explotado después el país, se han preocupado jamás por hacer extensivos a las masas indígenas los derechos del hombre, ni siquiera los derechos del animal doméstico, consagrados hoy práctica- mente en todos los países civilizados. Sin embargo, es in- negable que ellos tienen un derecho más legítimo que no- sotros a la tierra en que nosotros vivimos y al aire libre que respiramos; no reconocerlo así siquiera en parte, cons- tituye la más monstruosa injusticia histórica que se ha co- metido en el mundo. ¿Cómo vamos a condenar, pues, la rebelión de los guajiros o de los indios de Tierradentro, que también en estos momentos están sobre las armas? Su guerra a nuestra civilización es una guerra santa, justa y bella; a su lado debe militar el dios de la desesperanza sin límites y de la libertad inalcanzable; el dios de Espartaco, de Cuauhtemoc, de Abd-el-Krim y los soldados rifeños, de todos los héroes que han luchado contra la iniquidad abrumadora.

A

BEL

G

ARCÍA

V

ALENCIA

Vida, pasión y muerte del

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