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Item 28: Structure the Development Approach to Support Effective Unit Testing
angustia. No es lo habitual que lo entendamos así, ni es reprochable, pero es la verdad. Trátase sólo de uno de los modos de viajar o de representarnos, aquí en el mundo del bien y del mal, a fin de que podamos digerir el misterio de la vida según la vocación o medio de manifestarse que a cada cual le es inherente. Lo que importa es que hagamos la digestión, que entendamos, pues sólo así nos iremos li- bertando.
¿No vive el lector que es esclavo de su trabajo, arte o representación y que sólo se liberta al paso que entien- de? No amamos sino lo que entendemos, y sólo lo vivido y entendido es verdad, todo lo cual es lo mismo que li- bertad, belleza e inocencia. Por eso el paraíso o reino de Dios, “que está dentro de nosotros”, es comprensión y amor.
Pero tan pronto como el hombre abusa en exceso de los adornos o decoraciones de las modas, repitiéndolos durante años o hasta siglos (es animal de costumbres o reiteraciones), al fin se hastía y dice entonces que el único bello y real valor es la sencillez o “la secreta complejidad”, según Borges, en cuanto se refiere al estilo. Es decir, que por reacción opta por situarse en el extremo contrario al de la época en decadencia para edificar allí, con modernísi- mo sentido, una nueva vanidad.
Y como la imaginación humana es más limitada de lo que parece, pues ni siquiera ha podido sobrepasar el nú- mero de los monstruos mitológicos, con los sucesivos hastíos y reiteraciones viene a cumplirse la milenaria e in- eluctable ley del eterno retorno o repetición de la historia (una profecía al revés) por los siglos de los siglos.
“Al tiempo que nos acecha desde todos los rinco- nes el hastío -dice Ortega y Gasset, en bella prosa ba- rroca- nos va cayendo gota a gota dentro de las entra- ñas el dolor universal: entonces advertimos la vacuidad
El ensayo en Antioquia/Selección 163
de la existencia, entonces necesitamos beber vinos ge- nerosos de las bodegas ajenas, entonces nos emboscamos en las escenas trágicas del arte o buscamos las saucedas lientas que plantó a la vera de algún río algún hombre grande y bueno de cuyo pecho manaba otro río de ternura, idealismo y dulcedumbre. Pareciéndonos la vida sórdida e indigna de sufrir, la henchimos de arte (fuga o refugio de la angustia, decimos nosotros) y estivamos de imaginación las barcas lentas de nuestras horas”.
“Es, pues, el arte una actividad de liberación. ¿De qué nos liberta? De la vulgaridad. Yo no sé lo que tú pensarás, lector; pero para mí, vulgaridad es la realidad de todos los días; lo que traen en sus cangilones unos tras otros los minutos; el cúmulo de los hechos, signifi- cativos e insignificantes, que son urdimbre de nuestras vidas, y que sueltos, desperdigados, sin más enlace que el de la sucesión, no tienen sentido. Mas sosteniendo, como a la pompa el tronco, esas realidades de todos los días, existen las realidades perennes, es decir, las ansias, los problemas, las pasiones cardinales del vivir del uni- verso. A éstas son a las que llega el arte, en las que se hunde, casi se ahoga el artista verdadero, y empleándo- las como centros energéticos logra condensar la vulga- ridad y dar un sentido a la vida”.
Tal vez podríamos hacer de lo anterior una síntesis así: Agobiados por la estupidez y angustia de la vida cotidiana, unos hombres se refugian en el arte; y si en tal refugio logran realizar sus obras con toda la profundidad humana de que son capaces, podrán digerirla y entenderla amoro- samente (este amor es un grande y bello misterio, y sólo lo sabe el que lo ha vivido) como en cualquier otro trabajo, ocupación o padecimiento. En esto consiste, pues, este oscuro, misterioso, pesado y doloroso viaje terrenal y su única salida.
Pero antes de continuar con el Borges escritor, veamos, brevemente, al Borges humano.
Viéndolo y oyéndolo por televisión, al instante intuimos la presencia o intimidad de un hombre sincero, probo y digno.
La diafanidad de su vida interior se ve, de inmediato, en este peculiar modo en que él, por naturaleza, gusta poner- la de presente en todas y cada una de sus palabras. Lo mis- mo cuando habla de sus padres, de su arte o de sí mismo, con hermosa sencillez e inocencia.
Emana de él una singular delicadeza en todas sus for- mas de expresión, igual que si fuera un niño bueno en sus pensamientos, palabras y obras. Hasta en su desnuda afir- mación de que no cree en Dios o de que es tan escéptico “que ni siquiera está seguro de que no haya un Dios”, se hace merecedor de respeto, por su probidad, en este mun- do sucio e hipócrita. Y aún más cuando -como sólo po- dría decirlo un párvulo- afirma que, consciente de su con- ducta, no se considera digno de cielo ni de infierno, y que a los dos los ve como hipérboles.
Todo esto nos hace ver en él algo así como un gozoso mundo íntimo, fantástico, infantil y poético. Nunca ha- bíamos visto antes un niño semejante a él, así de grande y de viejo, y viviendo en un maravilloso paraíso de fantasías infantiles.