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Item 15: Evaluate the Tester's Effectiveness [1]

adversarios; las democracias agonizan. En otras palabras: cúmplase la voluntad divina de que Freud muera en Lon- dres, octogenario desterrado, y que el choricero Bock esté muy rozagante.

Es muy difícil hacer comprender la idea que venimos trabajando y que no es sino la misma del Padrenuestro. Le daremos otro manipuleo, así: las ideologías son manifesta- ciones de las necesidades vitales, y unas veces triunfan unas en la conciencia humana y luego las otras. Todo lo apa- rente, material o moral, es forma limitada en que se mani- fiesta la energía; cuando los individuos cumplimos este fin, dejamos de ser actuales y queda de nosotros el cascarón; éste, a veces, queda viviendo fisiológicamente un poco más; hay hombres que no mueren a tiempo y desacreditan su obra.

Aceptamos pues la muerte de Freud: ninguna queja por lo que sucede. Pero entiéndase bien que esta actitud de la conciencia no es la misma de aquel ilustre antioqueño, de Marinilla, que preguntaba al llegar a las mesas o urnas elec- torales: ¿Quiénes vamos ganando?…

En este estudio consideraremos a Freud como el sabio tipo del abusador del espíritu humano; compararemos su obra con la torre de Babel y, por eso, hemos dicho que su muerte es simbólica. Vamos ahora al grano.

El origen del psicoanálisis y demás teorías freudianas lo hallamos en la doctrina del epifenomenismo.

Esta es una doctrina psicológica que nació a causa del progreso fisiológico. Ambos fenómenos ocurrieron en estos últimos cincuenta años.

Observaron que la conciencia no alumbra sino la cima de los sucesos anímicos, o mejor, que la vida consciente no comprende sino el último proceso de los hechos ínti- mos. Por ejemplo, cuando uno sabe que está triste, hace tiempo que había comenzado a estarlo y los hechos psicofisiológicos correspondientes a la tristeza ya se

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habían iniciado en su devenir; cuando somos conscientes de tal fenómeno, fue porque éste llegó a su culminación. No lloramos, dice James, porque estemos tristes, sino que lo estamos porque lloramos.

Un filósofo alemán del siglo pasado, antes de que se hubiera formulado el epifenomenismo como doctrina, decía que la vida consciente se asemeja a las crestas de las olas marinas que ilumina el sol: éste sería la conciencia y los hechos de que nos da cuenta serían apenas crestas del oleaje interior.

Coincidió este progreso psicofisiológico con la introduc- ción a Europa, por medio de Schopenhauer, de las doctri- nas hindúes acerca de la eternidad del alma, la metempsico- sis y de la unidad última del ser o “nirvana”. En su libro El mundo como voluntad y representación fue en donde Schopenhauer sistematizó para Europa las doctrinas hindúes.

Hay que anotar que entre éstos era ya muy viejo todo lo que al respecto tenemos como novedad en el occidente cristiano.

Además del epifenomenismo hay que contar entre los padres de Freud al doctor Mesmer y su escuela. Mesmer también era austríaco.

En otras palabras; en la última mitad del siglo pasado hubo en Europa gran progreso en los conocimientos psicofisiológicos y, a un mismo tiempo, la introducción de una cultura antiquísima, desconocida hasta entonces por los pueblos cristianos, las doctrinas faquires acerca de la absorción evolutiva del hombre en Dios, o sea, el nirvana. Esta cultura hindú alumbraba con brillo grande y ex- plicaba la serie de fenómenos observados por la ciencia de laboratorio del occidente cristiano. De ahí la avidez y des- enfreno con que los occidentales se echaron en brazos de la cultura de los faquires.

Tal desenfreno se manifestó en el intento casi logrado de fundar nuevas religiones, sobre todo en Estados Unidos

de América, tierra nueva, rica e inocente: la Ciencia Cris- tiana, la Teosofía, la Rosacruz, etc.

Debido al progreso en las comunicaciones y medios de difusión, aparecieron dos corrientes paralelas a principios de este siglo: por una parte la psicofisiología misticoide y, por la otra, su divulgación en forma de esos intentos reli- giosos que dijimos.

La psicología tuvo el mayor auge a principios del siglo: aparecieron observadores y teorizantes notabilísimos. Cier- tos progresos en la observación de los fenómenos subjeti- vos y endocrinológicos, aumentaron el entusiasmo por una explicación psicofisiológica del universo.

En Estados Unidos de América como país crédulo y negociante, tuvo lugar el nacimiento de lo que se llama literatura estimulante, la cual es, por decirlo así, la faz co- mercial de la psicología: La voluntad en cinco lecciones, La memoria al alcance de todos, Para hacerse amar, Para llegar a millonario, etc. Esta actividad yanqui es, por decir- lo así, la prostitución de la ciencia: con respecto a ésta es como el lupanar con respecto al amor.

De todo este maremágnum, el hombre representativo, el genio que reunió en forma de ciencia casi todos los da- tos dispersos, fue el doctor Segismundo Freud.

* * *

Freud y Gandhi… En ambos llegó a culminar el abuso de las facultades espirituales y en ambos principia el hastío de los hombres y su entrega en brazos del renunciamiento a la voluntad individual. Mejor dicho: ellos son los últimos individualistas.

Gandhi fue de 1900 a 1932 el “Mahatma” o alma gran- de, el hombre en quien vimos encarnada, actuando, la doc- trina hindú.

Freud fue el doctor Fausto, el sabio europeo en quien vimos hechos libros, y doctrinas y exámenes todos los

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conocimientos fisiológicos, morales, históricos: una for- ma antimística, europea, de la doctrina hindú. Fue el sa- bio, el heredero de Darwin, Schopenhauer, Ribot, Wundt, Nietzsche, etc.

De todo esto salió perdiendo el cristianismo: los pue- blos de la tierra llegaron a no tener fe en nada. Perdieron la fe en su religión, vieron maltratado a Jesús; lo vieron ex- plicado en libros de psicoanálisis; vieron al gran Mesías explicado por el subconsciente y la libido. Los pueblos todos de la tierra, leyeron y oyeron que la verdad en sí no existe, sino que todos los conceptos son a lo sumo catego- rías o condiciones de actividad (Kant).

Así fue el hombre perdiéndose en su torre de Babel: porque aquel mito de aquella torre que quisieron levantar para escalar el cielo y en donde fueron castigados con la confusión de lenguas, parece hecho a propósito para ex- plicar lo que sucedió o comenzó a suceder en 1932.

El hombre quedó saciado de ciencia, de teorías y de ruinas, y entonces nació el anhelo de un régimen animal.

La vida se defiende: se defiende de las infecciones; la fiebre es una defensa; el sueño lo es y la vulgaridad es de- fensa del exceso de pudor, como en Inglaterra después de la tiranía puritana de Cromwel.

En todo caso, por ahí en 1920 o 1922 principió la hu- manidad a sentir repugnancia por “los valores espiritua- les”. Gandhi fue derrotado aparatosamente; comenzaron a no hacerle caso a sus anunciados ayunos; los italianos renegaron de artistas y sabios y se entregaron a la volun- tad del hijo del herrero; el Japón se tomó el Manchuco y murió la Liga de las Naciones y, por fin, Alemania se con- virtió en enorme butifarra: “¡abajo Dios, abajo los judíos y los sabios!”; “¡condúcenos, oh Führer!”.

España cayó en la brutalidad; la pobre España brega hace tiempos por salir de ella y recae: del torero al fraile patón y sanguinario, anticristiano.

Llegó la guerra de todos contra el último refugio de los perseguidos: Francia.

Por eso dijimos que la muerte del doctor Segismundo Freud, el mes pasado, en Londres, fugitivo, es símbolo de que el Señor nos ha castigado con la confusión y nos so- mete a un régimen animal, pues volvimos a creer que po- díamos escalar el cielo.

* * *

Gráficamente podríamos decir que para Freud la psi- quis humana es como un océano cuyas aguas están riza- das por vientecillo, en un atardecer; los rayos solares argentan las crestas de las olas: el sol sería la conciencia; las crestas del oleaje, los hechos de conciencia, y la sima inde- finible de las aguas, la subconsciencia, la cual se compone de instintos, complejos, pasiones y reacciones cuyo traba- jo se cumple fatalmente, en el sentido de que allí sucede todo de acuerdo con la fatalidad, bajo el imperio de la ley. Por eso, para Freud, la conciencia es apenas epifenómeno, pero epifenómeno evolutivo, como todo: irá creciendo e iluminando los subfondos anímicos, poco a poco… ¿Hasta dónde? Indefinidamente: es como neoplasma invasor, es el último evento de la evolución biológica.

¿Y la superconciencia? Ésta no hace parte del freudis- mo; pertenece más bien a la doctrina espiritualista hindú. Freud es biólogo: considera la vida bajo el aspecto del fatalismo causal.

Para los espiritualistas (cristianos, hindúes, greco-egip- cios, etc.) la psiquis humana es fenómeno indefinido, cuya cima es la superconciencia, en el medio está la faja indeter- minada y variable de la conciencia, y el fondo inmenso y profundo lo constituye el subconsciente. Por la primera, el hombre tiene relaciones misteriosas con el infinito; en virtud de ella se explican los profetas hebreos, los éxtasis y

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las intuiciones. La conciencia (el epifenómeno admirable) trabaja en la iluminación del fondo psíquico y de vez en vez ocurre que ilumine fenómenos superiores. Podríamos decir que la conciencia es humana, propiedad de la hipóstasis; que la superconciencia es netamente espiritual y que sólo se evidencia en quienes desde su vida en la tierra logran, mediante disciplinas, tener participación en la vida celestial.

En cuanto al subconsciente, allí está acumulado todo el acervo hereditario de la escala animal; allí bullen, como infinito larvado, todos los instintos vitales, no sólo del rei- no animal sino también los del mineral. Esta noción del subconsciente es un verdadero aporte darwiniano. Sin Lamarck y sin Darwin no se puede concebir el subcons- ciente tal como hoy lo hacemos.

Así pues, para la mentalidad de hoy, el hombre tiene sus raíces en todo el universo, en el pasado y en el presen- te; está alumbrado por lucecilla en devenir y su ramaje tien- de a invadir los cielos.

Por eso no hay que tener a Freud como original inven- tor de sus doctrinas; todo intelectual es obrero que trabaja los elementos del acervo humano. Diremos de él que fue el sabio que le dio forma de doctrina y prácticas a los he- chos observados por la humanidad en todos los tiempos. Freud, sabio occidental, sabio de laboratorio, cogió todos los hechos de la vida psíquica, que estaban dispersos en tratados, vidas de santos de todas las épocas (cristianos, santones mahometanos, hindúes, egipcios, hebreos, mis- terios griegos, etc.) y los agrupó y explicó a la luz de las leyes biológicas que guían a los investigadores y estudio- sos de Europa, a lo cual llamamos “ciencia occidental”, para diferenciarla de la introspectiva del Oriente.

De tal suerte que Freud tuvo el mérito de coleccionar los hechos dispersos ya observados y de aplicarles la inter- pretación propia de cierta forma de la mente, la occidental,

la cual trabaja siempre bajo el supuesto de las siguientes leyes: a) fatalidad lógica o evolucionismo: negación de la libertad; b) el monismo, o negación de la apariencia, y c) negación de pluralidad de vidas, o sea, del cielo, como opuesto a la vida terrenal. La ciencia del Occidente ha trabajado siempre bajo el supuesto de esas tres verdades; podríamos decir que ellas son condiciones o categorías de las ciencias occidentales: biología, química, física, sociolo- gía, Darwin y Marx, Pasteur y Einstein no pueden ser con- cebidos sino en donde estén impregnados de aquellas ver- dades.

Al contrario, el Oriente ha trabajado siempre dentro de la idea del “nirvana”, es decir, que el hombre es avatar o manifestación de Dios.

¿Qué hizo entonces Freud? Una vez en posesión de su herencia de siglos, definió el subconsciente como serie de complejos hereditarios; herencia zoológica y aun mineral; en él están el gusano y el infusorio, la piedra y el lodo. En él se encuentran deseos e instintos de toda flora y fauna, pues la vida es una y el hombre es el último, el heredero, el microcosmos.

Y como todo actúa por necesidad lógica, por eso nos da una imagen melancólica del hombre; yace sobre el esfe- roide terrestre, sin providencia, sin ayuda de Dios. Parece un pingüino, pájaro manco; tiene alas, pero engañosas e incipientes.

Tales complejos se componen de instintos, deseos, pa- siones y reacciones. Ese subconsciente pugna por mani- festarse y se manifiesta, ya en actos probados, ora en sue- ños, ora en actos indirectos, disfrazados como fobias, ma- nías, errores, lapsus, etc.

En otras palabras, la vida externa o actos son índices de los complejos ancestrales que componen el subconsciente.

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Establecida así su doctrina, es muy fácil comprender cómo llegó Freud a desarrollar su actividad científica y lite- raria, y cómo apareció la literatura y actividades babélicas que han llevado al hombre al cansancio y a la renuncia de su voluntad en aras de esto que llaman totalitarismo:

Los sueños se pueden interpretar; son símbolos del subconsciente. La interpretación se realiza disgregando los complejos, mediante hábiles maniobras del psicólogo interpretador.

Lo mismo sucede con los errores, lapsus, fobias, ma- nías, aberraciones sexuales y de toda especie, actividades artísticas, criminales, en una palabra, con toda la actividad individual.

Partiendo de ahí, tenemos ya el psicoanálisis estableci- do en todas sus actividades, tales como las practicara el gran Segismundo, a saber:

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