6.7 Modeling Behavior of Collaborating Systems
6.7.4 Anomalies across multiple collaborating providers
La adopción de diferentes conceptos, teorías y metodologías por cada una las corrientes que se ha mencionado en el apartado anterior conduce a resultados disímiles, a veces completamente opuestos. Hay, sin embargo, iniciativas que intentan acercar la perspectiva de la violencia familiar o doméstica y la perspectiva feminista. Asimismo, algunas críticas evidencian las limitaciones de destacar únicamente las diferencias metodológicas y conceptuales y de hacer un uso restringido de las teorías en las que se basan dichas perspectivas.
Michael P. Johnson señala que el enfoque feminista y el de violencia familiar observan y miden fenómenos distintos, y sugiere reconocer que si bien toda violencia en la familia es reprochable, se debe tener en cuenta que no son todas iguales. Según Johnson, hay un tipo de violencia que deriva del ‘terrorismo patriarcal’ (término que usa para resaltar aspectos estructurales y desmarcarse de expresiones que hacen hincapié en la víctima, su género, orientación sexual o estado civil) y la ‘violencia ordinaria en la pareja’:
La primera forma de violencia de pareja, a la que llamaré terrorismo patriarcal, ha sido el foco de atención del movimiento de mujeres y de los investigadores que trabajan bajo la perspectiva feminista. El terrorismo patriarcal, producto de tradiciones patriarcales que dan derecho a los hombres a controlar a ‘sus’ mujeres, es una forma de control terrorista de las esposas por sus esposos que implica no sólo el uso sistemático de la violencia, sino la subordinación económica, las amenazas, el aislamiento y otros tácticas de control. (...)
[La] violencia común en la pareja no es tanto un producto del patriarcado, sino de procesos causales menos relacionados con el género y ampliamente discutidos por Straus y sus colegas de trabajo (…). Se trata de una dinámica en la que los conflictos de vez en cuando quedan ‘fuera de control’, lo que conduce por lo general a formas ‘menores’ de violencia y convirtiéndose, más raramente, en formas graves, a veces incluso con peligro para la vida (Johnson 1995, 284-5).
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Si originalmente su definición de terrorismo patriarcal incluía el uso sistemático de la violencia, más tarde considerará que este tipo no necesariamente se manifiesta con el uso de la violencia, ya que otras tácticas de coerción pueden resultar más eficaces (Johnson 2009, 284-6). Al segundo tipo lo denomina ‘violencia de pareja circunstancial’, señalando que incluso para esta forma se debería evitar hablar de simetría de género, pues la violencia masculina suele producir lesiones más frecuentes y graves, infundiendo así un miedo que es más raro que se produzca cuando la violencia proviene de las mujeres (M.P. Johnson 2005, 1129). Por último, completa su tipología con dos otros tipos (M.P. Johnson 2005; Johnson 2009). El más importante de ellos es la ‘resistencia violenta’, definida como el uso de la violencia con el objetivo de resistir al intento de control propio del primer tipo de violencia señalado. Se trataría de los homicidios perpetrados por la pareja con el fin de impedir que se repitan situaciones previas de abusos, evitando de ese modo la utilización de la expresión ‘en defensa propia’ pues no todos los casos encajan en la definición legal de este término. El cuarto tipo de violencia es el ‘control mutuo violento’, que comprendería los casos de dos terroristas íntimos luchando por el control de la relación. El autor, sin embargo, no pone mucho énfasis en este último tipo, pues son pocos frecuentes los casos y no aparecen en todas las muestras estudiadas.
La posibilidad de un doble o múltiple fenómeno permitiría reconocer lo que cada una de las corrientes aporta al debate y salir del punto muerto en el que se encuentra la cuestión sobre simetría o no simetría en la violencia entre hombres y mujeres. De esa forma, no quedarían ocultos los casos más graves en los estudios censales que agregan todas las formas de violencia y obtienen promedios de incidencia, y se advertiría sobre los peligros de extrapolar los resultados de investigaciones enfocadas sobre una de las formas de violencia a los que se ocupan de la totalidad de la violencia presenciada en la pareja. El debate sigue activo y muchas sugerencias sobre futuras investigaciones abordan los puntos de desacuerdo sobre la (a)simetría de género (Dobash y Dobash 2004; Straus 2006; Barner y Carney 2011) o la mejoría de los instrumentos de medición (Walby y Myhill 2001; Gordon 2008, 577).
Otras críticas, sin embargo, señalan lo inadecuado de una agenda investigadora centrada en las definiciones y los aspectos metodológicos, y negligente con el corpus conceptual y teórico que se ha desarrollado en las ciencias sociales, especialmente en las teorías de género. Refiriéndose a la situación reciente de ese campo en América Latina y el Caribe, Castro y Riquer (2003) reclaman investigaciones que vayan más allá de una visión caricaturesca del patriarcado, que si bien es definido en términos estructurales,
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acaba casi siempre reducido, dicen los autores, a variables individuales, como características sociodemográficas y aspectos conductuales. En ese sentido, recomiendan superar una visión atomista de lo social, privilegiar una comprensión de la violencia como una forma de expresión que asume la relación entre sujetos y no como una característica individual, y desarrollar instrumentos de investigación acordes a ello:
Básicamente lo que se ha preguntado es cuántas mujeres son violadas, agredidas física, sexual o emocionalmente por sus parejas, u hostigadas en la escuela o en la oficina; y cuáles son las características de los agresores. Pero, si se acepta que la violencia de género es un problema relacional y específicamente de acceso y uso desigual de diversos recursos entre los integrantes de una pareja y/o al interior del hogar, sobre lo que habría que preguntar es acerca del poder en las relaciones de género. (Castro y Riquer 2003, 138)
Anderson (2005) también sugiere priorizar el fortalecimiento de las bases teóricas, a partir de ideas mejor fundamentadas sobre el concepto del género. Considera que las contribuciones de la perspectiva familiar suelen partir de un enfoque individualista del género. Las investigaciones que explican la violencia por medio de su interconexión con el sexismo en la sociedad, aunque partirían de definiciones más complejas, dejan todavía mucho a desear en cuanto a su base teórica. Por eso, propone que las investigaciones sobre la violencia en la pareja y fuera de ella apliquen con más rigor perspectivas interaccionistas y estructuralistas sobre el género.
Retomando, así, la tipología de las tradiciones teóricas sobre el concepto de género propuesta por Risman (1998), Anderson recuerda que el enfoque individualista presupone que hombres y mujeres incorporen de manera individual las características atribuidas a su género. Llevando esta idea al estudio de la violencia, asume postulados simplistas del tipo: las personas son más o menos violentas según el género al que pertenecen, o cuando los niveles de violencia son similares, la influencia del género no existe. La perspectiva interaccionista ve el género como algo que se hace continuamente –un complejo resultado de prácticas sociales de interacción y expectativas culturales de comportamiento–, más que como un conjunto de características individuales que predicen la forma de actuación personal. Aplicada al estudio de la violencia en la pareja, “propone que la violencia puede ser un método compensatorio de ejercer control y construir masculinidad entre hombres que sienten que su autoridad o masculinidad han sido puestas en cuestión” y, por eso, ayudaría “a entender por qué el ejercicio de la violencia es evaluado de manera diferente dependiendo de las atribuciones de género del perpetrador y de la víctima” (Anderson 2005, 858).
Las teorías estructuralistas de género consideran que éste es parte de la estructura social y constituye una fuerza externa que organiza la sociedad y actúa con
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independencia de la voluntad o del deseo individual, sin que esto signifique que sea inmutable o igual en todas las sociedades (Risman 1998). “Se necesita la teoría estructuralista de género para entender las maneras en las que mujeres y hombres encuentran diferentes restricciones al ejercicio de la violencia y diversas barreras para acabar con la violencia o dejar la relación”, además de ser “útil para analizar las maneras en que las tasas de la violencia de pareja varían en los diferentes contextos sociales” (Anderson 2005, 859-61).
Las contribuciones feministas se ubicarían, así, fundamentalmente, en esta última perspectiva, por su empeño en llamar la atención sobre el contexto social de desigualdad entre hombres y mujeres. Por eso, Anderson critica la insistencia de esta corriente en hacer mediciones, así como su incapacidad para explicar cómo el género influye y estructura la violencia. Sugiere que en lugar de entrar en la disputa metodológica y sobre instrumentos de medición, esta corriente debería demostrar que la investigación sobre la simetría sexual se basa en una visión individualista del género lo que conlleva evidentes limitaciones explicativas (2005, 859).