3.4 Exploring Sequence-Based Anomaly Detection in Software
3.4.1 Data models
3.4.1.2 Subsequences
Existen enfoques que proponen conceptualizaciones consideradas alternativas y que se posicionan críticamente respecto a las teorías sobre desarrollo mencionadas anteriormente. Estas perspectivas se hacen especialmente evidentes a partir de los años 40, cuando emerge un abundante número de críticas, muchas de ellas de inspiración marxista y originadas en Latinoamérica. En general, no llegaron a tener la influencia y el reconocimiento de los enfoques que a los que se ha hecho referencia en el punto anterior, pero contribuyeron a abrir la puerta a la inclusión de las mujeres y de los temas de género en los estudios sobre el desarrollo.
El estructuralismo latinoamericano surgió en la Comisión Económica de las Naciones Unidas para la América Latina (CEPAL) entre 1940 y 1950 y es la primera doctrina sobre desarrollo originada en el llamado Tercer Mundo. Entre sus innovaciones se encuentra la premisa de la existencia de un sistema del que el subdesarrollo y sus características formaban parte desde un punto de vista histórico-estructural. Esta perspectiva dio lugar a un análisis de la relación centro-periferia, considerando las estructuras productivas de los países centrales y periféricos como esencialmente distintas, aunque interconectadas por la división internacional del trabajo y reforzadas por las relaciones asimétricas de comercio internacional. En ese sentido, no sorprende que el rechazo que muestra hacia la búsqueda del beneficio mutuo en las relaciones económicas internacionales se considere su principal característica.
El enfoque de la dependencia, por su parte, se ve como una evolución radical de lo anterior con distintas corrientes en cuyas peculiaridades no es el momento de detenerse. Sus diferentes corrientes dan lugar a consideraciones tanto pesimistas como optimistas sobre la posibilidad de que la periferia capitalista logre el desarrollo económico. Las críticas que recibió resaltaban la poca claridad en la aplicación de sus
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El autor señala que los programas de reformas judiciales de esa nueva etapa tienden a priorizar la equidad y la accesibilidad al sistema de justicia, pero se muestra escéptico en cuanto a la sustancialidad del cambio. Su sistematización de las reformas judiciales financiadas por el Banco Mundial, BID y USAID en el continente americano recoge tres iniciativas sobre violencia contra las mujeres en Ecuador, Guatemala y Honduras (Rodríguez Garavito 2006, 446-7).
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propuestas y la falta de definición del concepto de ‘desarrollo’ que se manejaba, a pesar de brindar una compleja explicación sobre el fenómeno (Bustelo 1998). Pese a haber constatado la existencia de mecanismos y estructuras de producción del subdesarrollo y de sus lazos con el sistema económico internacional, la teoría de la dependencia siguió considerando el crecimiento económico como condición necesaria para acceder al bienestar colectivo, dentro de los parámetros del sistema productivo occidental (Rist 2002). Asimismo, el planteamiento determinista sobre la inevitabilidad del subdesarrollo la aproximó a la teoría de la modernización, aunque en sentido contrario (Leys 1996; Bustelo 1998). Tuvo una vida corta y a mediados de los años 70 había perdido su influencia al no haber podido explicar la realidad de algunos países de la periferia del capitalismo que pasaban por un acelerado proceso de industrialización.
En el estudio de la situación de las mujeres en la ‘periferia del capitalismo’, se entendió la marginación femenina como el resultado de las “conexiones sistemáticas entre diferentes formas de desigualdades en los ámbitos internacional, nacional y doméstico” (Kabeer 1998, 65). Sin duda, era novedoso señalar el trabajo doméstico y no remunerado realizado por mujeres como un elemento necesario en el proceso de acumulación capitalista. Sin embargo, las feministas de la dependencia reproducían la limitación marxista frecuentemente señalada de relacionar todos los fenómenos sociales con aspectos estructurales. Se ignoraba así el hecho de que la opresión femenina en el espacio privado beneficia, además de al capital, a los hombres, individual y socialmente. Usando un tipo análisis semejante, otra corriente próxima al marxismo antepuso las relaciones de dominación patriarcal a las de clase para explicar la subordinación de las mujeres en la división internacional del trabajo. Hay que notar que en ese análisis del ‘patriarcado capitalista’, una de las claves de la opresión de las mujeres es la violencia masculina, que existiría independientemente de cualquier otra condición. A Maria Mies, una de las autoras más destacadas de esa perspectiva, se le critica que:
[t]oda la historia se presenta como un catálogo de las diversas atrocidades cometidas contra las mujeres. Desde las primeras prácticas de secuestro, violación y encarcelamiento de las mujeres en harenes, hasta la cacería, la tortura y la quema de miles consideradas brujas en la Europa medieval, a la esclavización en el Tercer Mundo y el saqueo de la naturaleza (…), Hoy, el catálogo de la violencia contra las mujeres continúa en formas diferentes como golpes, violación, tráfico sexual, circuncisión femenina, control de la población como “genocidio”, asesinatos por dote, feticidio femenino: “la violencia contra las mujeres parece, por lo tanto, el denominador principal que compendia su explotación y opresión, independientemente de la clase, nación, casta, raza, sistemas capitalistas o socialistas, Tercer Mundo o Primer Mundo” [p. 169]. (Kabeer 1998, 68)
De todos modos, desde estas perspectivas, lo más común era ver con recelo las instituciones dedicadas a la cooperación internacional al desarrollo (sobre las cuales las
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autoras de los enfoques MED intentaban influir) y reducirlas a manifestaciones del capitalismo imperialista y del patriarcado mundial.
A partir de los años 80, algunas propuestas retomaron el pensamiento estructuralista de la CEPAL e intentaron suplir sus deficiencias criticando la ortodoxia económica dominante. Una de estas corrientes, la macroeconomía estructuralista, propuso incorporar el análisis macroeconómico convencional al pensamiento estructuralista, para dar mayor rigor al estudio de las políticas de desarrollo, contrarrestar los argumentos liberales y, a la vez, reconocer la diversidad interna del Tercer Mundo (y no solamente sus diferencias con respecto a las economías desarrolladas). Esta última afirmación implicaba “el rechazo a la existencia misma de una receta general de políticas y estrategias de cambio, así como de la legitimidad misma de una teoría global del desarrollo” (Bustelo 1998, 246). En ese sentido, muestra su desacuerdo con las políticas neoliberales y con el intento de superarlas teórica y políticamente. Considera, asimismo, que el orden de estas políticas (estabilización macroeconómica, ajuste y cambio estructural) no es el más adecuado y propone prestar más atención a la eficacia productiva, que habría quedado desatendida en las recetas del FMI y el Banco Mundial.
El neoestructuralismo latinoamericano surgió poco después, a principios de los años 90, recuperando el pensamiento de la CEPAL en un momento relativamente propicio, pues la ineficacia de las políticas ortodoxas más radicales ya era abiertamente admitida por las instituciones que las habían aplicado, como se ha señalado anteriormente. Sus propuestas incluían prestar atención al sector industrial y dar espacio a la actuación estatal; sin negar la necesidad de que existan equilibrios macroeconómicos, pusieron en tela de juicio las medidas ortodoxas para la estabilización. Entre las deficiencias de ese enfoque hay que mencionar su marcado eclecticismo teórico y una tendencia a no distanciarse del enfoque ortodoxo favorable al mercado (Bustelo 1998). Asimismo, la escasa repercusión que tuvo en las políticas de desarrollo latinoamericanas se atribuyó al hecho de que los gobernantes “han preferido, en la mayoría de los casos seguir las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, ya [que] al hacerlo se garantizaba un importante aporte de ayuda al desarrollo” (Hidalgo Capitán 1998, 132).
En ámbitos próximos a las organizaciones de mujeres del Tercer Mundo, se gestionaba una perspectiva alternativa a las MED. El llamado enfoque del empoderamiento, distanciándose de lo que se acaba de señalar para parte de las corrientes de inspiración marxista, puso precisamente el “énfasis en el hecho de que las
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mujeres experimentan la opresión de manera diferente de acuerdo a su raza, clase, historia colonial y posición actual en orden internacional” (Moser 1993b, 57-8). Originalmente articulada en el seno de una red independiente de organizaciones de mujeres del Tercer Mundo que estuvieron en la Conferencia de Nairobi de 1985 (la red DAWN, que se volverá a mencionar más adelante), esta perspectiva defendía la necesidad de elaborar estrategias a corto y largo plazo para cambiar la situación de las mujeres. Entre las medidas que se propugnaban, se puede mencionar la participación y la organización de carácter popular, de abajo hacia arriba, y el ‘autoempoderamiento’ de las mujeres y de las personas pobres30.
En cierta forma, la noción de empoderamiento radicalizaba una retórica ya existente sobre la importancia de la participación de las personas en el desarrollo, especialmente desde las corrientes consideradas alternativas. En ese sentido, una de estas corrientes tuvo considerable éxito en su crítica al pensamiento dominante y en su propuesta de una alternativa teórica, obteniendo una amplia aceptación entre las instituciones y agencias de desarrollo. Se trata de la perspectiva sobre el desarrollo humano, un concepto que centra su atención en los costes económicos y sociales impuestos a los países del Tercer Mundo derivados de la aplicación de las políticas de estabilización, ajuste y reforma estructural, y en el que se recogen muchos planteamientos de la macroeconomía estructuralista. Apoyadas por algunos organismos de las Naciones Unidas, las propuestas de esta corriente defienden la intervención estatal en el proceso de desarrollo y una cuidadosa y gradual ejecución de las políticas de liberalización. Pese la vinculación casi automática entre el trabajo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el concepto de desarrollo humano, éste último refleja las inquietudes compartidas por un grupo de intelectuales –como Paul Streeten, Amartya Sen, Martha Nussbaum y Mahbub ul Haq– sobre los peligros de olvidar a las personas en la medición económica del desarrollo31. A lo largo de los años, su influencia creció, incluso entre los partidarios del liberalismo (Clark 2006).
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Empoderarse, desempoderarse, poder: esos términos tuvieron y tienen muchos significados en este debate. Véase, nuevamente, Kabeer (1998, 235-72), para una discusión de las diferentes estrategias para dar poder a las mujeres, a partir de los significados que empoderamiento puede adquirir. Sin embargo, en general, el empoderamiento se entendió, al menos inicialmente, no como el dominio o la posesión de poder sobre algo o alguien, sino como el proceso por el que se puede adquirir la capacidad y la autoconfianza, sea individualmente o como parte de un grupo, para lograr ejercer el control sobre la propia vida y sobre los recursos de que se dispone (Moser 1993b; Rodríguez Manzano 2008).
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Se suele mencionar un informe del Unicef de 1987 como precursor en este sentido. Titulado Ajuste con rostro humano, proponía combinar medidas de estabilización económica y ajuste estructural con la protección de los grupos más vulnerables y con la cobertura de las necesidades básicas de la población.
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Inicialmente, el concepto de desarrollo humano se definía como “un proceso mediante el cual se amplían las oportunidades de los individuos, las más importantes de las cuales son una vida prolongada y saludable, acceso a la educación y el disfrute de un nivel de vida decentes” (PNUD 1990, 34). Sin estas oportunidades esenciales, las personas tendrían dificultades en acceder a otras igualmente valoradas e importantes, como la libertad política, económica y social, la posibilidad de ser creativo y productivo, de respetarse a sí mismo y de disfrutar de la garantía de los derechos humanos. Las ediciones subsecuentes del Informe Mundial sobre el Desarrollo Humano trataron de precisar y reformular esa primera definición, hasta que en 2010, en su 20ª edición, se hacen explícitas las ideas de sostenibilidad, equidad y colectividad:
El desarrollo humano supone la expresión de la libertad de las personas para vivir una vida prolongada, saludable y creativa; perseguir objetivos que ellas mismas consideren valorables; y participar activamente en el desarrollo sostenible y equitativo del planeta que comparten. Las personas son las beneficiarias e impulsoras del desarrollo humano, ya sea como individuos o en grupo. (PNUD 2010, 2-3)
En ese contexto de reconceptualización del desarrollo se produjeron varios intentos de definir y medir los estándares de vida aceptables, más o menos explícitos en lo que concierne a las desigualdades de género. Max-Neef (1998) propuso un ‘desarrollo a escala humana’ y una tipología que diferencia las necesidades fundamentales (por lo tanto, universales) de los ‘satisfactores’ (medios para alcanzarlas que varían según el tiempo, lugar y clase social, y que, por lo tanto, son culturales). Para este autor, los ‘satisfactores’ pueden actuar de manera contradictoria, inhibir o incluso destruir la posibilidad de satisfacer necesidades fundamentales, por lo que pueden satisfacer una necesidad y al mismo tiempo socavar la satisfacción de esa u otra necesidad en el futuro. Destaca también su mención a lo escasamente considerada que está la participación de las mujeres en la satisfacción de necesidades fundamentales, no siempre materiales, como el afecto.
Martha Nussbaum desarrolló su propia versión del enfoque de las capacidades humanas de Amartya Sen, con particular consideración de “los problemas especiales que enfrentan las mujeres a causa de su sexo en más o menos todas las naciones del mundo” (2002, 31)32. Para ello, ofreció una lista de diez ‘capacidades humanas centrales’ que “deben procurarse para todas y cada una de las personas, tratando a cada persona como fin y no como una mera herramienta para los fines de otros”, pues
32 Para una reconsideración de esta y otras interpretaciones del trabajo de Amartya Sen, especialmente
sus propuestas de transformar las capacidades humanas y los conceptos de justicia, libertad, elección y oportunidad en categorías empíricas y verificables, véase Walby (2012).
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“[d]emasiado a menudo se trató a las mujeres como apoyo para los fines de otros más que como fines en sí mismos” (Nussbaum 2002, 33-4). Para evitar argumentos esencialistas o etnocéntricos, la autora define su lista de capacidades humanas como transcultural, flexible y, por lo tanto, sujeta al consenso y a la utilización comparativa, con el propósito de determinar si se promueve la calidad de la vida humana. Interesa destacar que entre los aportes de Nussbaum al análisis crítico sobre el desarrollo, el tema de la violencia contra las mujeres, los abusos y la discriminación adquieren un papel bastante relevante. Señala que éstos impiden el disfrute de algunas de las que considera capacidades humanas centrales, como la vida, la salud corporal, la integridad física. Algunos críticos, sin embargo, identifican en este planteamiento el punto de vista de las corrientes de la filosofía feminista liberal, que consideraría estos problemas cuestiones propias de culturas no occidentales industrializadas y no como algo relacionado con elementos estructurales, políticos y económicos en un mundo globalizado (Jaggar 2008). Se volverá a esa discusión más adelante, en el capítulo 5. De momento, interesa más dar continuidad al repaso de las teorías sobre desarrollo.
Al igual que ocurrió en otros ámbitos académicos, el campo de los estudios del desarrollo no fue inmune al giro epistemológico, teórico y metodológico que propugnó el posmodernismo, en el que se constataba la superación de la modernidad y del predominio de la visión occidental de la historia como algo continuo y progresivo. Cuestionar la idea de progreso o desarrollo no era algo novedoso (Nisbet 1976, 1981); sin embargo, el posmodernismo hizo de este supuesto uno de sus principales argumentos teóricos. Además, niega la posibilidad de acceder a una única verdad objetiva por medio del conocimiento y de la ciencia, rehúsa la existencia de una teoría universalmente válida y señala que la representación y el discurso sobre la realidad caracterizan nuestro modo de conocer el mundo, relativizando, así, la legitimidad del conocimiento científico (Noble 2000). Las contribuciones de Michel Foucault (1968, 1979), Jean François Lyotard (1986) y otros autores, condujeron, entre otras cosas, a declarar la imposibilidad de seguir reivindicando la existencia de una única teoría explicativa del mundo y la neutralidad del conocimiento científico, reconociendo, por tanto, su condición parcial e interesada.
Este paradigma posibilita un significativo cambio de enfoque en los estudios sobre el desarrollo, en los que pierden importancia las grandes teorías sobre el cambio social, sus orígenes y obstáculos, al tiempo que se valorizan las explicaciones que conjugan aportaciones de diversas disciplinas científicas. Se amplía, de este modo, la posibilidad de aceptar otros conocimientos, como pueden ser los generados sobre las
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mujeres y las relaciones de género. Un efecto añadido es la actitud crítica que manifiesta ante el desarrollo por considerarlo una visión de mundo occidental impuesta a los demás y que, a la vez, produce unos conocimientos que sirven para legitimar la posición inferior de los países no desarrollados respecto a los que son considerados desarrollados. Esos aspectos serán destacados por dos corrientes: la del desarrollo alternativo y la del posdesarrollo.
A pesar de ambas compartieren críticas radicales al modelo hegemónico y un interés por el nivel local, el desarrollo alternativo no rechaza completamente el concepto de desarrollo, sino que cree en la posibilidad de redefinirlo según otros parámetros (Nederveen Pieterse 2000). Esta corriente busca continuamente experiencias prácticas que mejoren los niveles de vida de la población local y tengan potencial para ser reproducidas en otros contextos. En general, son parte de movimientos y organizaciones sociales (Edelman y Hangerud 2007). El enfoque del empoderamiento, mencionado anteriormente, comparte estas preocupaciones y su origen.
El posdesarrollo considera que el descrédito del desarrollo y el fracaso de sus políticas para garantizar riqueza y mejores condiciones de vida a las personas, obligan a una continua reinvención del término, al que se van añadiendo adjetivos: ‘sostenible’, ‘humano’, ‘duradero’, ‘socialmente sostenible’, ‘alternativo’, etc., sin que su sesgo occidental y economicista desaparezca. Al constatar la “‘resiliencia’ del desarrollo y del desarrollismo, tanto en el Sur como en el Norte, tanto en el pensamiento dominante como en el ‘altermundista’” (Latouche 2007, 15), se defiende que la verdadera alternativa al desarrollo pasa por salidas plurales de posdesarrollo. Éstas supondrían el replanteamiento de los valores occidentales, la descolonización del imaginario social, el olvido de una visión mítica del término desarrollo, en suma, el replanteamiento de los objetivos y las estructuras de las sociedades, sean del Norte o del Sur.
Un ejemplo de esta corriente de pensamiento es el decrecimiento, perspectiva en que convergen propuestas teóricas y prácticas de revisión crítica del impacto del desarrollo y del crecimiento económico a cualquier precio. Con contribuciones desde la economía, la ecología, la filosofía y la sociología, hace hincapié en que el crecimiento económico no conduce al incremento del bienestar social. Considera, además, que los ritmos actuales de producción y de consumo mundiales, en especial los de los países considerados desarrollados, son insostenibles y necesitan revertirse. Argumenta que “[e]l único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Menos trabajo, menos energía, menos materias primas” (B. Grillo apud. Taibo Arias 2009, 34).
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Llegados al punto en el que se plantea que cualquier ‘desarrollo’, hegemónico o alternativo, es cuestionable, se puede constatar que la crítica a la pretendida universalidad de la visión occidental está especialmente presente en las contribuciones realizadas desde la Antropología. Al tratarse de una disciplina que desde su inició está en contacto con los pueblos, culturas y regiones a los que comúnmente se les atribuye la necesidad de acelerar o promover el desarrollo, la Antropología proporcionó a las teorías posmodernas y poscoloniales un amplio terreno donde desplegarse, con repercusiones también sobre la cooperación internacional. En las últimas décadas del siglo XX, la temática del desarrollo –su discurso, sus prácticas y las consecuencias sociales que han provocado las intervenciones realizadas en su nombre– recibió una mayor atención por parte de esta área de investigación, debido a una progresiva especialización interna de la propia disciplina, así como a la creciente participación