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9.5 Analysis of Security Control Evolution

9.5.1 The dark side of the code

En general, se considera que se ha evitado abordar los elementos relacionados con la sexualidad tanto en la práctica como en la agenda política del desarrollo. Sin embargo, esta cuestión siempre ha estado presente en los debates sobre el crecimiento y control de la población y, últimamente, sobre la prevención del VIH/Sida y otras enfermedades de transmisión sexual.

Mencione la palabra "sexualidad" a las personas que participan en la política y práctica del desarrollo y la reacción es a menudo de perplejidad (…) Hay quienes ven la sexualidad como un asunto privado, algo con lo que el desarrollo debe mantener una distancia apropiada –excepto para ayudar a reducir la incidencia de embarazos no deseados y de enfermedades de transmisión sexual. Están los que consideran el asunto en general bastante incómodo y están los que perciben la mención a la sexualidad y al placer sexual como una distracción de los ‘verdaderos problemas’ del desarrollo, una especie de complemento frívolo, en lugar de algo que está íntimamente entrelazado a preocupaciones centrales del desarrollo, como la pobreza y la marginación. (Cornwall, Corrêa y Jolly 2008, 5)

Hasta las conferencias internacionales de El Cairo y Beijing, a mediados de los años 90, no se empezó a adoptar a nivel global un discurso en el que se incluyera la sexualidad de manera incontestable y con una perspectiva menos negativa. Pese a que en aquel momento se trabajaba con una concepción “embrionaria” de los derechos sexuales (Petchesky 2002) y su promoción de la agenda de la igualdad de género debía hacer frente a resistencias procedentes de las fuerzas conservadoras y religiosas, que pronto cobrarían aún más relevancia (Sen 2006), se logró incluir en ambas Conferencias compromisos inéditos sobre el tema.

Este contexto fue el punto de arranque de cambios importantes en los programas de desarrollo y cooperación internacional. El documento final de El Cairo incluyó la expresión ‘salud sexual’ en el listado de derechos que los programas de desarrollo deberían promover en sus acciones relacionadas con los temas de la población. En Beijing, las mujeres fueron finalmente reconocidas como seres sexuales y reproductivos84, lo que permitió marcar una distancia importante con respecto, por ejemplo, a anteriores iniciativas de planificación familiar, muy preocupadas por controlar el crecimiento de la población y centradas casi exclusivamente en limitar el tamaño de las familias, haciendo a las mujeres pobres de países en desarrollo las responsables del crecimiento poblacional.

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Para una discusión más detallada de las interrelaciones entre los derechos sexuales y los derechos reproductivos en el marco de los derechos humanos y acuerdos internacionales de las últimas décadas, así como del debate en relación a la promoción de esos derechos en el campo de la salud, véase Miller (2000).

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Aun así, y pese a algunos avances discursivos en la agenda internacional, sigue siendo difícil abogar por los derechos sexuales con una mirada amplia, emancipadora y de disfrute del propio cuerpo. No obstante, si bien se observa una resistencia a adoptar una perspectiva positiva de los derechos sexuales, la oposición a introducir iniciativas que den prioridad a la prevención y la protección frente a los abusos, violencia, explotación o mutilación suele ser menor (Miller 2000, 82; Petchesky 2002, 414). Esto es especialmente evidente en cuestiones que ya habían alcanzado cierta visibilidad social y política, como ocurre con algunas de las formas de violencia contra las mujeres. En lo que respecta a la violencia sexual, por ejemplo, se puede observar una mayor atención en la agenda internacional. No obstante, cuando las casusas o condiciones que favorecen esta forma de violencia no se tratan de manera satisfactoria, esto podría fomentar y reforzar ideas estereotipadas con respecto a la sexualidad y a las mujeres, además de restringir la protección de sus derechos (Miller 2004).

En este sentido, no es de extrañar la ausencia de referencias a temas más controvertidos. Este es el caso de la práctica del aborto en condiciones de inseguridad y riesgo para la vida de las mujeres, cuya omisión es patente en gran parte de los documentos sobre salud sexual y reproductiva de organismos e instituciones de la cooperación internacional al desarrollo (Cornwall, Standing y Lynch 2008). A pesar de constituir una de las causas más importantes de mortalidad materna en distintas partes del mundo, la relación entre aborto y promoción del desarrollo es escasa. El acceso a servicios de aborto seguro raramente se aborda en la práctica o en los mensajes “de las organizaciones que se centran en los derechos de las mujeres, la pobreza, la democracia, los derechos humanos, la salud, la educación de las mujeres y el buen gobierno en muchos países en desarrollo” (Adewole, Orji y Oye-Adeniran 2008, 47).

En general, el campo del desarrollo está todavía lejos de reconocer la existencia de la diversidad en la expresión de la sexualidad humana (Corrêa y Jolly 2008), por no mencionar que en muchos casos y contextos la sexualidad sigue siendo un elemento completamente ausente85. De todos modos, implícita o explícitamente, los debates en ese ámbito muestran una visión esencialista de la sexualidad, entendiéndola como parte

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Para un ejemplo de la dificultad para aceptar una concepción positiva de la sexualidad y los derechos sexuales en la agenda del desarrollo, véase de Camargo y Mattos (2008). Los autores, en el marco de una investigación comparativa, examinan el discurso público del Banco Mundial y constatan un silencio en torno a la cuestión de la sexualidad. Pese a los documentos específicos que se ocupan a fondo de temas sobre la sexualidad, esta perspectiva no se refleja en aquellos de mayor relevancia institucional, en los cuales la sexualidad queda reducida a un conjunto de prescripciones médicas, acorde con la visión tecnocrática predominante en el Banco.

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de la experiencia humana guiada primordialmente (si no completamente) por imperativos naturales y biológicos y poco merecedora de mayor consideración –salvo para destacar sus peligros, riesgos y desviaciones (Jolly 2007), especialmente en lo que se refiere a la salud y a la prevención de enfermedades de transmisión sexual–. Incluso, algunas aportaciones realizadas en el marco del enfoque Género en Desarrollo estarían fuertemente basadas en dicotomías relacionadas con el sexo y/o con el género, como ocurrió con ciertos enunciados con sesgos heterosexistas en las Conferencias de Beijing y El Cairo con respecto a los temas de salud de las mujeres y población (Corrêa y Jolly 2008, 39).

Así, para alcanzar una perspectiva más amplia que la simple distinción entre mujeres y hombres (predominante todavía en el discurso y en la práctica del desarrollo), se podría utilizar los análisis de las estructuras de desigualdad propios del enfoque Género en Desarrollo para abordar la opresión y marginación que sufren las personas que no cumplen los roles de género socialmente establecidos. La situación de vulnerabilidad extrema y violencia a las que frecuentemente se ven sujetas las personas que no se auto-identifican con las categorías hombre/mujer, podría constituir un argumento lógico para reivindicar una mayor visibilidad de estos sujetos en las intervenciones de la cooperación internacional al desarrollo (Puri 2010).

Sin embargo, la cuestión no se reduce a dar visibilidad a estas personas o a incluirlas de manera prioritaria de las intervenciones, sino que es importante saber hasta qué punto el debate y la práctica sobre el desarrollo y los temas de género logran incorporar visiones que no sean heteronormativas y esencialistas. En este sentido, Jolly (2000), por ejemplo, sugiere algunas formas específicas para introducir en el desarrollo la visión queer –entendida como una perspectiva que reconoce la diversidad sexual más allá de distinciones biológicas binarias y los roles de género que suelen acompañarlas– en el desarrollo. Jolly realiza una serie de recomendaciones: dar cabida a las minorías sexuales como beneficiarias de los programas de desarrollo mediante la financiación a organizaciones y grupos locales ya existentes y el fomento de un enfoque inclusivo de conceptos como familia, comunidad u hogar en los contextos en que estén especialmente marginados; la integración de preocupaciones específicas de estas poblaciones en sectores como la salud y en programas de prevención de la violencia física y sexual; y la institucionalización de este enfoque en las agencias internacionales de desarrollo, incluyendo la relación con sus propios trabajadores.

La entrada de la cuestión de la violencia contra las mujeres en la agenda internacional del desarrollo genera tantas expectativas como dudas. Aunque varias

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perspectivas la contemplan como un tema de importancia para el desarrollo, son muchas las dificultades y las barreras que todavía existen para afrontar el tema en toda su complejidad y multiplicidad de aspectos. El predominio de una concepción negativa del sexo y de la sexualidad, el silenciamiento de la diversidad sexual y la persistencia de estereotipos de género (incluyendo los referentes a los varones en el debate sobre el desarrollo, presentados en el apartado sobre las masculinidades), resultan problemáticos a la hora de tratar la cuestión de la violencia contra las mujeres en la cooperación internacional al desarrollo. En este sentido, la superación de los desencuentros entre los ‘mundos’ de la sexualidad y del desarrollo (Correa 2008), puede contribuir a la adopción de una perspectiva amplia sobre esta problemática en la cooperación internacional.

5.3. La ‘culturalización’ de la violencia como límite para una acción