No es difícil reconocer en las principales teorías sobre el desarrollo formuladas en el siglo XX hipótesis fundamentadas en supuestos de las corrientes anteriores. A partir de mediados del siglo, la preocupación por entender y explicar el desarrollo (y el subdesarrollo) aumentó al tiempo que se iniciaba la institucionalización de la cooperación al desarrollo. Surgieron teorías específicas, muchas de ellas próximas a las ciencias económicas, formando incluso un subcampo en esa disciplina, el de la Teoría Económica del Desarrollo. Las referencias al desarrollo, sin embargo, ya existían en la economía clásica de los siglos XVIII y XIX, preocupada por la dinámica de crecimiento a largo plazo, en los estudios de Karl Marx sobre las áreas menos desarrolladas y en las contribuciones de pensadores neoclásicos sobre un desarrollo gradual, continuo, armónico y acumulativo (Hidalgo Capitán 1998). Otro pionero en la reflexión económica sobre este tema fue John Maynard Keynes, que aun sin dedicarse directamente a ello, sentó las bases para que surgiesen nuevas teorías sobre desarrollo. Su pensamiento rompe con el neoclasicismo (Bustelo 1998) y permite que la cooperación al desarrollo se fortalezca como opción política, pues fue inspirada por el Plan Marshall y otras prácticas estatales de la posguerra basadas en su propuestas (Leys 1996).
Al igual que ocurre con el funcionalismo, se suele acusar a las teorías de la modernización de mantener intactos los supuestos del evolucionismo social, como por ejemplo la atribución del cambio a factores endógenos. Pero, contrariamente al funcionalismo, el foco de atención de las teorías de la modernización fueron los procesos de industrialización y transformación económica y tecnológica de las sociedades occidentales capitalistas a mediados del siglo XX. En los años 40 y 50 del siglo XX, prestaron especial atención a aquellas sociedades recién salidas de la colonización para encontrar los factores que dificultaban o propiciaban su pleno desarrollo.
Walt Rostow y sus cinco etapas del crecimiento económico de las sociedades modernas es uno de los teóricos de esta corriente más recordados. Su análisis sigue la habitual división en sociedades modernas y tradicionales, pero va más allá de la observación histórica y sostiene que hay un camino de desarrollo que deben seguir las sociedades en sus etapas iniciales o intermedias de crecimiento económico, cuya culminación sería el régimen capitalista y la democracia representativa al estilo estadounidense. Asume que la diversidad de sociedades en etapas intermedias de desarrollo desaparecería con la industrialización y la llegada a la etapa final de este
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proceso (Eisenstadt 1992). La influencia de estas teorías en la acción política de los Estados suele ser atribuida a la formulación de una respuesta clara sobre cómo actuar, lo que sumado a la tradición occidental evolucionista, justificaba prácticas de dominación político-económicas (Rist 2002). Aunque muchas de las críticas dirigidas a esta corriente no diferenciaban sus matices, la diversidad de conceptualizaciones sobre la modernidad y sobre las explicaciones de mecanismos que promueven y obstaculizan el desarrollo (Smelser 1992), es cierto que invariablemente partía de supuestos sesgados y etnocéntricos:
La aparición de la noción de modernización en la literatura sociológica gira en torno a un hecho histórico reciente, a saber, el fin del colonialismo y la propagación en los países del “Tercer Mundo”, de movimientos nacionalistas por la independencia (…). Consciente o inconscientemente, los teóricos sociales occidentales tienen presente este hecho histórico al enfocar el problema de la modernización. Implícita y explícitamente, comparan a los países recientemente independientes con sus propias sociedades occidentales (Solé 1998, 176).
Su influencia aún se nota. En la Sociología contemporánea continúan los esfuerzos, algunos de ellos explícitos, para revisar la teoría de la modernización25. En la Economía, también se buscaba que los países considerados menos desarrollados alcanzasen esa modernización, entendiendo ésta siempre como la situación en la que se encuentran los países más industrializados y ricos. Además de la simplicidad y el etnocentrismo de su argumento sobre una senda universal del desarrollo, se les criticaron otros aspectos, entre ellos que resaltaban las particularidades negativas de las economías subdesarrolladas (entendidas como obstáculos y generadoras de círculos viciosos de pobreza y más subdesarrollo), la identificación unívoca que hacían entre desarrollo y crecimiento económico, y su idea de la industrialización como elemento clave para la modernización y su defensa de medidas de protección económica. En ese sentido, ha servido para justificar las políticas de cooperación, además de incentivar las inversiones extranjeras y el endeudamiento externo26. Así, muchas de las intervenciones ejecutadas con el objetivo de romper dichos círculos tuvieron el efecto contrario:
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Inglehart (1999) e Inglehart y Welzel (2006) proponen una relectura de la teoría de la modernización sin sus supuestos etnocéntricos, deterministas o lineares (en sus términos, una 'teoría de la posmodernización'), con el objetivo de comprobar probabilidades (y no justificar determinismos culturales o económicos) respecto la relación entre mejora socioeconómica y difusión de valores del desarrollo humano y la democracia.
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Las consideraciones modernizadoras sobre las causas del subdesarrollo llegaron al campo del Derecho. En el contexto de la Guerra Fría y de las acciones del Gobierno estadounidense para evitar la influencia comunista, se defendió la vinculación entre el desarrollo socioeconómico y el jurídico y se buscó promover reformas en la enseñanza del derecho en países asiáticos, africanos y latinoamericanos. Sin embargo, su fracaso (atribuido a su etnocentrismo, ingenuidad de propósitos y resistencias en los sistemas educativos receptores) fue rápidamente evidente (Rodríguez Garavito 2006).
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reforzaron las relaciones de dependencia y empeoraron la situación económica de esos países (Bustelo 1998; Hidalgo Capitán 1998). Aun así, se atribuye a esta corriente el logro de poner de manifiesto la existencia de barreras estructurales para el crecimiento económico en los países subdesarrollados (Hidalgo Capitán 1998, 78).
Por todo lo expuesto, la cooperación internacional al desarrollo pensada dentro del neoevolucionismo social, especialmente según las teorías de modernización, se configura como una acción convencida de los beneficios del progreso y de la superioridad de las sociedades que se encuentran en la cima de la escala evolutiva, dirigida, por lo tanto, a promover la modernización de sociedades no occidentales.
Para esos primeros planificadores del desarrollo, las mujeres representaban sobretodo un obstáculo al progreso, una resistencia a la modernización que era preciso superar (Parpart 1994). En 1970, la economista danesa Ester Boserup, en una inédita crítica a los esquemas de desarrollo dirigidos a ‘modernizar’ la agricultura de países africanos, llamó la atención sobre la exclusión de las mujeres. La autora cuestionó la asunción de que el progreso económico siempre las beneficiaría y demostró el deterioro de su estatus con la implantación de proyectos que sólo tenían en consideración a los varones. Poco más tarde, la estadounidense Irene Tinker también señaló el incremento de la brecha entre hombres y mujeres en estas circunstancias, debido a factores como la falta de reconocimiento del rol productivo de las mujeres, la prioridad de actividades que las limitaban al hogar y reforzaban roles tradicionales, y la aplicación de perspectivas occidentales no ajustadas a la realidad local (Moser 1993b; Kabeer 1998). Pero fue en el clásico trabajo de su mentora, La Mujer y el Desarrollo Económico, donde se destacó por primera vez, y en un lenguaje accesible y propio de la planificación, los efectos nocivos de la acción de colonos y asesores técnicos extranjeros en los sistemas agrícolas africanos:
Se enseña a los hombres a aplicar los métodos modernos en el cultivo de una determinada cosecha, mientras que las mujeres continúan empleando los métodos tradicionales en el cultivo de sus cosechas, y debido a ello obtienen un rendimiento mucho menor por sus esfuerzos. (…) [A] los hombres se les instruye en el cultivo de cosechas destinadas a la venta. Estas cosechas mejoran de manera gradual gracias a la investigación sistemática y a otras inversiones de la administración pública. Sin embargo, el cultivo de las cosechas para el autoconsumo, el realizado por las mujeres, no se ve favorecido por ningún apoyo o investigación por parte del Estado, por lo menos hasta fechas recientes. (…) Las técnicas modernas las emplean los hombres, que utilizan métodos industriales, mientras que las mujeres efectúan los trabajos manuales degradantes. (…) En pocas palabras, los hombres representan la agricultura moderna, las mujeres las labores tradicionales. (Boserup 1993, 67-9)
Otra crítica de esas pioneras de los estudios sobre mujer y desarrollo se refería a la situación de las mujeres en las políticas de desarrollo: las consideraba vulnerables (al
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lado de las personas enfermas o con discapacidad) o exclusivamente como madres, esposas y cuidadoras de sus familias. Inspiradas en programas europeos de bienestar social de la posguerra (Buvinic apud. Moser 1993b), las medidas de ayuda dirigidas a la población pobre en general y a las mujeres en particular fueron impulsadas bajo lo que se conoció como el enfoque del bienestar. Su principal preocupación era garantizar la supervivencia física de la familia, mediante la provisión directa de alimentos. Caroline Moser sugiere que este enfoque se basaba en tres supuestos problemáticos: (i) las mujeres son receptoras pasivas del desarrollo, (ii) la maternidad es su rol más importante, (iii) la crianza de los hijos es su rol más eficaz en el desarrollo económico. El enfoque del bienestar “se centra enteramente en la mujer en términos de su rol reproductivo, supone productivo el rol de los hombres e identifica la díada madre-hijo como la unidad de preocupación” (Moser 1993b, 38).
Al pensamiento catastrofista sobre la ‘bomba poblacional’, preocupación latente que se hizo más fuerte en la agenda internacional a mediados del siglo XX (Pérez Díaz 1994), se sumó otro objetivo de este enfoque: controlar el crecimiento de la población. Las mujeres pobres de países del Tercer Mundo se convirtieron en las responsables de la limitación del tamaño de sus familias: “los primeros programas asumieron que se podría reducir la pobreza simplemente limitando la fertilidad mediante la difusión amplia de información y tecnología anticonceptiva para las mujeres” (Moser 1993b, 39-46). Como sintetiza Richey (2000, 250), la ‘población’ se volvió un problema de desarrollo y la solución parecía encontrarse en la ayuda internacional dirigida a fomentar la contracepción mediante programas de planificación familiar, especialmente en el caso de la política exterior estadounidense influida por la presión política de grupos neomalthusianos. Aunque los programas de planificación familiar se aplican hoy en día siguiendo, generalmente, directrices distintas a estas –gracias, entre otros motivos, a la influencia ejercida por profesionales de organizaciones dedicadas a la demografía, activistas y organizaciones feministas y de mujeres en la salud (Dixon-Mueller y Germain 1994; Presser 2000; Smyth 2000)–, el enfoque del bienestar fue dominante hasta al menos los años 70. Este enfoque también seguiría presente en acciones relacionadas a la desnutrición infantil y de ayuda de emergencia a personas refugiadas, damnificadas y otros grupos vulnerables (Moser 1993b).
Las críticas sobre la ausencia de las mujeres en las políticas de desarrollo adquirieron especial relevancia al aparecer en un período de reactivación del movimiento feminista, de intensas protestas sociales en países del Norte y de luchas de liberación colonial en otras partes del mundo, lo que provocó que las instituciones y las
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teorías del mainstream del desarrollo se abrieran a otras cuestiones, además del crecimiento económico (Kabeer 1998). Desde mediados de los años 60, empezaron a incorporar temáticas sociales a las preocupaciones de las que se ocupaba este campo, especialmente la erradicación de la pobreza.
Uno de los hitos de este cambio ocurrió en 1969, en la 11ª Conferencia Mundial de la Sociedad Internacional para el Desarrollo celebrada en Nueva Delhi, India, con la presentación de una propuesta para enfocar el desarrollo económico que mostraba un alto contenido social. A partir de esta conferencia, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) puso en marcha misiones en distintos países para encontrar vías para superar el desempleo y el subempleo. Sus informes apuntaban, entre otros aspectos, la necesidad no sólo de crear empleos, sino también de generar oportunidades de empleo productivo para reducir la incidencia de la pobreza, posibilitando la elaboración de hipótesis sobre las trabas que la desigualdad podría poner al desarrollo. Por primera vez, la situación específica de la mujer (y no de su familia o grupo social) entró a formar parte del debate sobre el desarrollo, aunque de manera limitada y circunscrita al ámbito laboral (Bustelo 1998, 147).
En torno a las mencionadas críticas al enfoque del bienestar y a la falta de consideración del rol productivo de las mujeres, fue desarrollando el campo conocido como Mujeres en el Desarrollo – MED. Aunque tuvo luego varias perspectivas, su preocupación original era integrar de manera equitativa a las mujeres en el desarrollo, especialmente a través del acceso al empleo, a la educación, a la tierra y al crédito. Según una conocida tipología propuesta a principios de los 80 y ampliada por Caroline Moser a finales de esa década, la corriente MED se subdivide en cuatro enfoques principales: equidad, antipobreza, eficiencia y empoderamiento27. Aunque disfrutó de una duración breve, el enfoque de la equidad tuvo importancia ya que se proponía considerar “la subordinación de las mujeres no sólo en el contexto de la familia, sino también en las relaciones entre hombres y mujeres en el mercado y, por lo tanto, [dar] un énfasis considerable a la independencia económica como sinónimo de equidad” (Moser 1993b, 44). Novedoso en el momento en que surgió, el campo MED se configuró como un reflejo de las preocupaciones feministas liberales occidentales de esa
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La subdivisión de enfoques MED debe entenderse como una propuesta analítica y no como una distinción absoluta o estática: “cada uno de estos diferentes planteamientos representaba una propuesta a distintos conjuntos de imperativos, pero no hay que verlos ni como cronológicos ni como mutuamente excluyentes. En algunas de las agencias perduraron viejos enfoques a medida que se intentaba introducir otros nuevos; en otras, se regresó a los antiguos cuando se fueron a pique los nuevos” (Kabeer 1998, 23).
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época y, por lo tanto, no pudo escapar al paradigma de la modernización que inicialmente criticaba (Vargas Valente 1992; Parpart 1994). La contradicción es solamente superficial:
No era el modelo principal de modernización lo que se atacaba sino el hecho de que las mujeres no se hubieran beneficiado de él. No era la solución del mercado per se la que había fallado a las mujeres sino los planificadores y empleadores –y a veces las mismas mujeres–, cuyos prejuicios irracionales e hipótesis extraviadas llevaron a resultados discriminatorios. (Kabeer 1998, 37)
Posiblemente gracias a que no criticaban en profundidad el modelo vigente, los argumentos MED rápidamente alcanzaron las instituciones internacionales: el Segundo Decenio del Desarrollo de las Naciones Unidas (1971-1980)28 así como la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer (1975) establecieron como objetivo la integración y participación activa de las mujeres en el desarrollo. Ya a principios de los años 70 surgen encuentros, grupos y unidades sobre ‘mujer y desarrollo’ en agencias de cooperación internacional, así como programas MED en organismos de Naciones Unidas (Jain 2005, 56-7). La agencia estadounidense USAID fue la primera en cambiar su línea de actuación, tras la aprobación en 1973 de una ley que pronto sirvió de ejemplo a otros países (Rodríguez Manzano 2008, 72).
El énfasis en la distribución y reducción de la desigualdad como estrategia para el crecimiento económico fue posteriormente sustituido por la priorización de la lucha contra la pobreza, un enfoque más restrictivo, menos polémico y que apenas cuestionaba aspectos relacionados con el poder. Esto se produjo tanto en el campo más amplio de las teorías sobre el desarrollo, como en el MED. Sobre este último, pesaba aún la acusación de haber exportado a las mujeres del Tercer Mundo un feminismo occidental “simpatizante con el imperialismo” (Moser 1993b, 46), algo que también contribuiría al surgimiento de enfoques alternativos en ese campo.
En el pensamiento hegemónico sobre el desarrollo, la combinación de tres nuevas preocupaciones (crear empleos, disminuir la desigualdad y combatir la pobreza) dio lugar a lo que se conoce como enfoque de las necesidades básicas (o fundamentales), corriente amparada y protagonizada por instituciones internacionales a partir de mediados de los años 70. Ésta ha sido sobre todo una reacción pragmática a la
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“Desde principios de los sesenta, las Naciones Unidas han distinguido cada 'década del desarrollo' oficial con una declaración que sintetiza las lecciones aprendidas de las experiencias anteriores y las prioridades del organismo para los diez años siguientes. La declaración que anunciaba la Primera Década del Desarrollo (1961-1970) estaba desprovista de cualquier referencia específica a las mujeres” (Kabeer 1998, 19-20).
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necesidad de abordar la pobreza mundial como impedimento al desarrollo económico, pero realizada desde propuestas menos radicales. La comunidad internacional del desarrollo se vio obligada a dar respuesta a algunas críticas formuladas por las teorías de la dependencia (abordadas a continuación) y otras corrientes consideradas alternativas. Así, temas como participación, desigualdad, discriminación y agotamiento de recursos naturales fueron por primera vez incorporados a la agenda de este campo, sin dejar de lado su motivación central, el interés por elevar la productividad económica (Leys 1996). Este enfoque fue criticado por su debilidad teórica (por la dificultad en definir ‘necesidad básica’, por ejemplo) y por la escasa posibilidad de ejecutarlo debido a impedimentos políticos y económicos. No obstante, se elaboró una propuesta llamativa y basada en una idea simple: atacar los problemas más urgentes de la mayoría de la población.
En el campo MED, el enfoque de las necesidades básicas se tradujo en el enfoque antipobreza, que al igual que en el del bienestar, daba mayor importancia a las funciones de las mujeres como madres y esposas, al entender que ellas satisfacen necesidades básicas de la familia. A diferencia del enfoque de la equidad, en éste se prioriza la situación de pobreza y no la de desigualdad respecto a los varones para explicar la condición de subordinación económica de las mujeres (Vargas Valente 1992). Adquieren importancia los proyectos de microcréditos, la generación de ingresos y el aumento de productividad de las mujeres pobres. Las agencias donantes y los gobiernos de países en desarrollo se resistirían a abordar aspectos considerados ‘culturales’, por eso no se incidió en la división sexual del trabajo dentro o fuera del hogar y se ignoraron limitaciones derivadas del cumplimiento de los roles reproductivos (Moser 1993b, 48-52). Otros problemas eran la carga añadida de trabajo que esos proyectos suponían para las mujeres y la visión de los ingresos femeninos como ‘complementarios’ a los sueldos de los varones (Richey 2000, 251-2). El tema de la población seguía teniendo mucho relieve, pero otros factores pasaron a ser considerados determinantes para el control del aumento de población en esos países: la reducción de la fecundidad “iba a ser un beneficio lateral” (Parpart 1994, 13) del desarrollo económico, de la mejora de la vida de las mujeres, de la reducción de la pobreza, de la satisfacción de las necesidades básicas e, incluso, de la occidentalización del Tercer Mundo.
Antes de que surgiera el enfoque de las necesidades básicas, se puede observar una recuperación del pensamiento neoclásico que, aun teniendo un período limitado de vigencia, abrió el camino al enfoque liberal o neoliberal de los años 80 y 90. La
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insatisfacción con los resultados de las propuestas anteriores sobre el desarrollo justificó ese nuevo giro, que se materializaba en la insistencia en la idea del mercado como factor de desarrollo, la crítica a los insuficientes esfuerzos del Estado en su fomento, la oposición a las políticas proteccionistas y la atención a la agricultura como condición previa al desarrollo. Al mismo tiempo, aportó novedad al ampliar los factores que se tenían en consideración en la valoración del desarrollo económico, aspecto no retomado por el neoliberalismo algunas décadas después. Sin embargo, al poner el énfasis en el