O
svaldo Bayer es un soldado de la memoria, ejemplar en extinción de inte- lectual militante que vive consecuente con su pensamiento.Advierte sobre sueños buenos y malditos, insiste con su anarquismo en esta globalización de espíritus enmascarados. A veces uno se pregunta si Günter Grass, cuando escribió El rodaballo –que narra la historia de la humanidad–, no pensó en Osvaldo.
En estos tiempos de batalla de ideas, el autor de La Patagonia rebelde es una referencia «originaria» junto a su amigo Rodolfo Walsh, el ejercicio de pensa- miento crítico, desde sus crónicas, artículos y novelas.
Seguir el recorrido de Osvaldo nos alienta en estos tiempos de conciencias angostas. En 1958 fundó La Chispa, como «primer periódico independiente de la Patagonia». Cincuenta y siete años después de que Vladimir Ilich Ulianov
* Nació en Villa Urquiza, el 15 de octubre de 1952. Es periodista y docente. Colaboró en diversos diarios, revistas y agencias informativas: El Porteño, Hipótesis, Boedo, Página/12, Fin de Siglo, La Maga. En radio se destacan Protagonistas (Splendid), Contacto directo (Rivadavia), El panorama informativo- Quinta edición y Tarde al día (Radio Libertad), Con algunas cosas claras (La red), El cazador de sueños
(FM Palermo). Fue también director del Centro de Estudios Radiales Multimedios. Desde 1990 hasta la fecha conduce en radio Mate Amargo. Entre 2003 y 2004 realizó Mate TV, en televisión abierta en diecisiete canales de doce provincias de la Argentina. A su vez dirige la revista mensual y el Centro de Ideas de Mate Amargo. Escribió un libro de poesía Cazador de sueños. Al otro lado del puente (Editorial Mate Amargo, 2005).
66 | OSVALDO BAYER por otras voces
(Lenin) editara el periódico Iskra, que en castellano significa «La Chispa», para difundir y aglutinar a los socialdemócratas revolucionarios rusos.
Pronto los sureños no tuvieron quien les escribiera, porque la publicación duró un año; su director fue acusado de difundir información estratégica en un punto fronterizo, y obligado, a punta de pistola, a abandonar Esquel.
La libertad de expresión no se lograba sin luchar por ella. De 1959 a 1962, fue secretario general del Sindicato de Prensa.
Democracias anoréxicas, dictaduras bulímicas y, en medio, los exilios impuestos. El anarquista y el profesional que indagaba al país escondido bajo las mantas de la burguesía analfabeta. Ingresos a diarios como Noticias Gráficas, en Esquel, jefe de redacción de aquel Clarín desarrollista del fundador Noble.
Aparecen sus crónicas y relatos del sur perdido y masacrado. Edifica una obra de trascendencia para la identidad de las luchas populares de liberación: La Patagonia rebelde. Una obra que implica el exilio de Osvaldo a Berlín desde 1975 a 1983.
Allá resistencia y más literatura, aquí la Triple A, López Rega y la ferocidad del golpe cívico y militar.
Aquellos días encontraron forma en un ensayo escrito junto a Juan Gelman: Exilio (Legasa).
Antes armó un escrito con Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia (Galerna, 1970).
Intimidad
Derrumbe de palabras. Osvaldo se mueve como un rescatista entre grane- les de libros precipitados de la vieja estantería que no resistió tanta historia revelada. La computadora aplastada espera un servicio de urgencia porque el hombre de blanca barba parecido a Hemingway debe entregar su nota por correo electrónico al diario.
Una vieja caricatura de dos hinchas de Rosario Central sobrevivió a la catás- trofe librera: dibujados a lápiz Bayer y el «Che» lucen orgullosos la divisa rosarina.
Fotos viejas y recientes asaltan al intruso; «aquí me declararon huésped de honor de la Universidad Nacional del Litoral, el siete de julio de 2004», dice el maestro.
Recuerda que en la conferencia de prensa declaró que le daba un poco de vergüenza que su primer libro hubiera sido prohibido por Lastiri, «si hubiese sido prohibido por otro presidente de más categoría, uno se pondría más con- tento…». Se recuesta sobre una vieja «silla director» mira las plantas que abra- zan a sus viejos impresos anarquistas, y cuenta que «al segundo libro lo prohi- bió Isabel Perón, y ya a los demás los quemaron los militares. Quemar libros es como abusar de los niños: es una cobardía, porque no se pueden defender».
Tomamos mate en su patio cubierto, viste camisa roja, pantalón negro, cruza los brazos sobre el pecho y apoya el mentón sobre sus manos de dedos regor- detes y rosados. Confiesa: «‘Che’ era un muchacho idealista».
Guerrillero heroico y escritor anarquista juntos en la Habana, y aquella idea del «Che» sobre la guerrilla en Argentina. Primero en los campos lejanos, luego iremos ganando a los campesinos, tomando localidades, explicando nuestras ideas, armando un ejército, ocupando pueblos y, siendo muchos, marcharemos a Bue- nos Aires. La pregunta del escritor llegó sobre el «Che»; «y no piensa que al tomar una comisaría y después un batallón no enviarán a un ejército a combatir- los, y, si hace falta, a todas las fuerzas armadas…». Dice que Ernesto Guevara se quedó mirándolo en silencio y luego dijo con cierta tristeza, sencillamente: «Son unos mercenarios». Osvaldo juega con el silencio, tiene los ojos húmedos y junta fuerza para decir tan solo, «me arrepentí de preguntarle aquello».
Osvaldo Soriano
Los «santos de Boedo». Alemania estaba cubierta de nieve y el matrimonio Bayer descansaba tras los ravioles domingueros. Osvaldo Soriano pasaba un tiempo en casa del amigo de la vida y, como cada séptimo día, a la misma hora, Soriano pedía prestado el teléfono para llamar a su editor en Buenos Aires.
«Era un veneno de San Lorenzo, y mentiroso porque yo descubrí que llama- ba a un amigo que le pasaba los resultados de los partidos y de su club. Enton-
68 | OSVALDO BAYER por otras voces
ces le dije ‘así que tu editor te dijo que tus libros perdieron 2 a 1 esta tarde’. Y él que era como un niño, rió y lloró, todo junto, a tanta distancia».
Sobre santos y demonios discutían los amigos que «un día le dije, vos sos de un equipo de fútbol que lleva nombre de santo, y el muy rápido se justificó diciendo que no era por la religión, sino por la batalla de San Lorenzo que su equipo llevaba esa identidad… Siempre se escapaba Soriano. Cuando se murió, todos los amigos que nos juntábamos desde hacía años, juramos no hacerlo nunca más, ya no era igual sin el gordo».
Rodolfo Walsh
La dictadura los quería bien muertos, a ellos, a su literatura y sus ideas. Osvaldo piensa en aquel encuentro con Rodolfo en Corrientes y Carlos Pelle- grini. Dice que ambos disimularon el saludo y marcharon hacia un bar. «Toma- mos un café a las apuradas y le dije que era un loco, que no podía seguir en Buenos Aires, que tenía que salir del país porque lo buscaban para matarlo. Pero él me retrucaba que yo era quien me tenía que rajar, yo que nada más ni nada menos había sido responsable de escribir La Patagonia rebelde. Era una competencia, yo le recordaba que Operación Masacre era su marca… y nos despedimos. Muy poco después lo asesinaron. Yo entonces me fui».
Pepe Soriano
Abrió los brazos, miró el cielo raso, cayó de rodillas y gritó «milicos de mierda, ni disparar saben». Pepe Soriano me confesaba que esa escena fue prohibida por los militares. Era casi el final del film La Patagonia rebelde. El viejo y combativo anarquista es fusilado junto a sus compañeros, sin decir nada, debía caer muerto y en silencio.
Pepe cuenta que Bayer estaba en el rodaje y le ayudó a pronunciar palabras del libreto que estaban en alemán.
«Se lo cuento a Bayer y se larga a reír». Agrega que también cambiaron el final de la película: «cuando los oligarcas le cantan el feliz cumpleaños al coronel Varela, (representado por Héctor Alterio), le cantan en inglés, una sutileza que no advirtieron los militares».
Bayer aguanta el embate de una larga enfermedad y conserva la vitalidad de un joven militante. Pregunto cómo hace y responde: sueño y conducta.
Estamos mirando a Marlene Dietrich, muy cerca de su cama de una plaza. Confesión del hombre incansable: «antes de dormir le doy un beso…». Marlene es un ángel de voz poderosa y fina que canta al fatigado gladiador de Belgrano. El último café junto a la biblioteca familiar. El periodista joven consulta al maestro, el veterano sólo dice: hay que saber decidir cuándo dejar una cosa para conquistar la otra. Así es la vida.
Cerramos la puerta de calle que dice, en un hermoso fileteado, «El tugurio», bautismo caprichoso del amigo Osvaldo Soriano a la casa del militante del triunfo, que llegará mañana por ese camino que él emprendió.