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eriodista en su vocación temprana y permanente, con formación sistemáti- ca en historia adquirida en Alemania, su labor como historiador integra un capítulo luminoso de su actuación intelectual y política, amén de asociarse a la adopción de una ética inquebrantable que no abreva en un humanismo vago sino que posee acepción de clase.

Bayer se presenta a sí mismo como «cronista» o «periodista histórico»,1 un

modo de asignar un humilde lugar a su tarea de investigación sobre el pasado. Podría aceptarse esa definición sin reparos, si no fuera porque encierra el ries- go de colocar a Osvaldo en un rango inferior al de quienes serían los «verdade- ros» historiadores.

Él no ha seguido el camino de la historiografía académica, es cierto, pero emprendió una tarea de enorme trascendencia, la de, como él mismo escribe,

* Es profesor de la UBA, donde ha dictado seminarios sobre la evolución del Estado argentino, y de la Universidad de la Plata, en la que tiene a cargo un seminario sobre el pensamiento de Antonio Gramsci. Miembro de la Asociación Gramsci Argentina. Participa de la dirección de la revista Periferias, y del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. Es autor de El comunis- mo en Argentina. Sus primeros pasos (2005); Prolegómenos del peronismo. Los cambios en el Estado nacional. 1943/46 (2003); Los años de Menem. Cirugía mayor (2002, en colaboración con Julio C. Gambina); Argentina. La escritura de su historia (2002); Estado y Administración Pública en Argentina. 1880-1916 (1999, en colabo3uel Mazzeo).

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«desenterrar verdades»,2 cuyo ocultamiento resultaba útil a los círculos del

poder, desde las grandes empresas a las Fuerzas Armadas. Lo ha hecho con un espíritu de investigador impenitente, obsesionado por recorrer todos los do- cumentos y dispuesto a escuchar todas las voces.

Su disposición a la búsqueda minuciosa, exhaustiva, lo ha preservado de dos tentaciones opuestas: el panfleto, solo centrado en la denuncia, y por lo tanto desatento a los matices, propenso a la omisión de las pruebas que no favorecen su causa, esquemático tanto en sus premisas como en sus conclusiones; y la supuesta «neutralidad», que toma excesiva distancia de la realidad humana de la que se ocupa, hasta quitarle carne y sangre, llegando a inhibirse de cualquier juicio de valor, y que suele terminar acatando por omisión los lineamientos que convienen a los poderosos.

Bayer tiene partido tomado contra las múltiples expresiones del poder (grandes capitalistas, jefes militares, cúpulas eclesiásticas, grandes medios de comunicación), y a favor de las distintas formas de la rebeldía social, de las luchas y protestas de los trabajadores y los desposeídos, ese conjunto que Gramsci solía llamar las «clases subalternas». No tiene piedad con los asesinos y torturadores, con los representantes de diferentes formas de terrorismo de Estado, ni con los patrones que, para preservar su lugar de explotadores sin mancharse las manos directamente, acuden a la colaboración de torturadores y asesinos. Tampoco la exhibirá para quienes, siendo ellos mismos parte de los «condenados de la tierra», se alinean con el bando enemigo. No trepidará en señalar, por ejemplo, el entusiasmo para fusilar de muchos conscriptos cuando las matanzas de la Patagonia, o el afán denunciador de más de un pobre diablo en perjuicio de anarquistas escondidos, en fuga de las autoridades.

Sin desmerecer sus varios trabajos breves, dos grandes obras delimitan lo fundamental de su labor como historiador: La Patagonia Rebelde y Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia.

La Patagonia es una obra monumental, en varios de los sentidos del término. Si prestara atención a su temática, un observador desprevenido podría contra- 2 Ibídem.

decir esta opinión. Se trata, a simple vista, de una obsesiva investigación de hechos ocurridos en un lapso breve, en un territorio alejado y casi despoblado. Sin embargo, Bayer sigue todas las pistas hacia y desde los fusilamientos en el entonces territorio nacional de Santa Cruz, sus causas y sus efectos, analiza el papel jugado por todos los personajes individuales y colectivos involucrados en los hechos, tanto del lado de las víctimas como del de los victimarios, e impreg- na todo de un espíritu de vindicación histórica, de revaloración ética, de denun- cia tanto de los crímenes como de las acciones desplegadas luego para su ocultamiento. Saca de las sombras que lo cubrían a un episodio olvidado, extrae de él las variadas culpabilidades: estancieros, policía, ejército, y no se detiene ante las puertas de la Casa de Gobierno para enjuiciar también al presidente Yrigoyen, sin inmutarse ante sus títulos de adalid de la democracia argentina. Y, del otro lado, devuelve al aprecio y a la memoria histórica a un conjunto de militantes obreros que actuaron en las huelgas, desde el gallego Soto a Facón Grande, destacados de entre la masa anónima de los millares de fusilados en lo que fue la mayor masacre cometida por el Estado argentino antes de la dictadu- ra de 1976. El silencio encubridor ha sido derrotado, en este caso, para siempre, gracias a ese gran libro. La aparente pequeñez se ha vuelto inmensidad.

Su otro gran trabajo, el Di Giovanni, es aún más controversial. Bayer toma allí la tarea de explicar y situar en su contexto político, cultural, incluso afectivo, a Severino, a quien la dictadura de Uriburu fusiló mientras la prensa escrita y el mundo oficial se complacía en presentarlo como un monstruo con forma hu- mana, un terrorista tan feroz como irredimible. Osvaldo convierte el relato de su vida y de su muerte en una reflexión sobre la violencia de los de abajo, frente a la que se ejerce desde arriba, y nos muestra a su personaje como un hombre que utiliza el dinero obtenido en asaltos para editar periódicos y libros de ideología libertaria, como un ser perdidamente enamorado, y un militante anti- fascista sin dobleces. Severino arroja bombas y utiliza el revólver, pero Bayer se niega a acatar la descalificación automática de todo el que haga eso sin contar con uniformes, credenciales y armas pagadas por un presupuesto estatal. Y nos muestra, como en todas sus obras, el espectáculo obsceno que brindan los poderosos: los tramos finales del libro, con un juicio sumario que termina en

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pena de muerte y la escena de los personajes de alta sociedad acudiendo de gala al fusilamiento de Di Giovanni, son de antología en ese sentido.

Bayer persiste en su vindicación de ideologías y acciones libertarias y socia- listas pero sin escatimar los errores, los costados oscuros, a Di Giovanni le señala muchos, lo mismo que a los anarquistas expropiadores, de los que se ocupa en uno de sus trabajos más breves.

Su nombre destaca entre los historiadores de izquierda en Argentina, aunando la calidad de su trabajo con la coherencia ética y política que lo ha respaldado de modo invariable. A ello se suma la difusión que ha alcanzado su obra, luego de atravesar amenazas, censuras y quemazones de libros en los duros años marcados por las tres A y, a renglón seguido, por la última dictadura militar. Sus trabajos lograron mantener vigencia, transitando desde las pequeñas editoriales iniciales, hasta la publicación en variados formatos y tiradas numerosas por un gran sello. Eso no lo llevó a cambiar ni una coma de sus obras, ni acomodarse a las modas ideológicas que indican «tolerancias» y «pluralismos» tan generales como hipócritas. Su rol como historiador mantiene y acrecienta, a rajatabla, su lugar político, ético y cultural como intelectual radicalmente identificado con la tradición libertaria y socialista, de nuestro país y del mundo.