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Ni el Consejo de Regencia, ni los miembros de la Real Audiencia ni la población española proveniente de Europa creyeron la premisa de la leal- tad al rey Fernando VII, y no aceptaron de buen grado la nueva situación. Los miembros de la Audiencia no quisieron tomar juramento a los de la Primera Junta, y cuando lo hicieron fue con manifestaciones de despre- cio. El 15 de junio, los miembros de la Real Audiencia juraron fidelidad en secreto al Consejo de Regencia y enviaron circulares a las ciudades del interior, llamando a desoír al nuevo gobierno. Para detener sus manio- bras, la Junta convocó a todos los miembros, al obispo Lué y Riega y al antiguo virrey Cisneros, y con el argumento de que sus vidas corrían peli- gro los embarcaron en el buque británico Dart. El capitán Marcos Brigut recibió instrucciones de Larrea de no detenerse en ningún puerto america- no y de trasladar a todos los embarcados a las Islas Canarias. Tras la exitosa deportación, se nombró una nueva Audiencia, compuesta íntegra- mente por criollos leales a la revolución.

Con la excepción de Córdoba, las ciudades que hoy forman parte de la Argentina respaldaron a la Primera Junta. El Alto Perú no se pronunciaba en forma abierta debido a los desenlaces de las revoluciones en Chuquisa- ca y La Paz. El Paraguay estaba indeciso. En la Banda Oriental se mante- nía un fuerte bastión realista, así como en Chile.

Santiago de Liniers encabezó una contrarrevolución en Córdoba, con- tra la cual se dirigió el primer movimiento militar del gobierno patrio. Montevideo estaba mejor preparada para resistir un ataque de Buenos Aires, y la Cordillera de los Andes establecía una efectiva barrera natural

entre los revolucionarios y los realistas en Chile, por lo que no hubo enfrentamientos militares en Chile hasta la realización del cruce de los Andes por José de San Martín y su ejército algunos años después. Cabe señalar que, a pesar del prestigio de Liniers como héroe de las invasiones inglesas, la población cordobesa en general respaldaba la revolución, lo cual llevaba a que el poder de su ejército se viera minado por desercio- nes y sabotajes. El alzamiento contrarrevo- lucionario fue rápidamente sofocado por las fuerzas comandadas por Francisco Ortiz de Ocampo, quien se negó a fusilar a Liniers pues había peleado junto a él en las invasiones inglesas, por lo que la ejecución fue realizada por Castelli.

Luego de sofocar dicha rebelión se procedió a enviar expediciones militares a las diversas ciudades del interior, reclamando apoyo para la Primera Junta. Se requirió el servicio militar a casi todas familias, tanto pobres como ricas, pero la mayor parte de las familias patricias decidió enviar a sus esclavos en lugar de sus hijos. Esta es una de las razones de la disminución de la población negra en Argentina.

La Primera Junta amplió su número de miembros incorporando a los diputados enviados por las ciudades que respaldaban la revolución, tras lo cual pasó a ser conocida como la Junta Grande.

Consecuencias

Según el historiador Félix Luna en su Breve historia de los argenti- nos, una de las consecuencias principales de la Revolución de Mayo so- bre la sociedad, que dejaba de ser un virreinato, fue el cambio de paradig- ma con el cual se consideraba la relación entre el pueblo y los gobernan-

Mariano Moreno, uno de los integrantes más notorios de

tes. Hasta aquel entonces primaba la concepción del bien común: en tanto se respetaba completamente a la autoridad monárquica, si se consideraba que una orden proveniente de la corona de España era perjudicial para el bien común de la población local, se la cumplía a medias o se la ignoraba. Esto era un procedimiento habitual. Con la revolución, el concepto del bien común dio paso al de la soberanía popular impulsado por personas como Moreno, Castelli o Monteagudo, que sostenían que, en ausencia de las autoridades legítimas, el pueblo tenía derecho a designar a sus propios gobernantes. Con el tiempo, la soberanía popular daría paso a la regla de la mayoría, que plantea que es la mayoría de la población la que determi- na, al menos en teoría, al gobierno en ejercicio. Esta maduración de ideas fue lenta y progresiva, y tardó muchas décadas en cristalizarse de una manera electoral, pero fue la que llevó finalmente a la adopción del siste- ma republicano como forma de gobierno de Argentina.

Otra consecuencia que señala el historiador fue la disgregación del Virrei- nato del Río de la Plata en varios territorios diferentes. La mayor parte de las ciudades que lo componían tenían poblaciones, producciones, mentalidades, contextos e intereses diferentes entre sí. Estos pueblos se mantenían unidos gracias a la autoridad del gobierno español. Al desaparecer esta, las poblacio- nes de Montevideo, Paraguay y el Alto Perú comenzaron a distanciarse de Buenos Aires. La escasa duración del Virreinato del Río de la Plata, de apenas 38 años, no logró que se forjara un sentimiento patriótico que las ligara como una unidad común. Juan Bautista Alberdi también considera la Revolución de Mayo una de las primeras manifestaciones de las disputas de poder entre la ciudad de Buenos Aires y las del interior, uno de los ejes alrededor del cual giraron las guerras civiles argentinas. Según sus Escritos póstumos:

La revolución de Mayo de 1810, hecha por Buenos Aires, que debió tener por objeto único la independencia de la República Argentina res- pecto de España, tuvo además el de emancipar a la provincia de Buenos Aires de la Nación Argentina, o más bien el de imponer la autoridad de su provincia a la nación emancipada de España. Ese día cesó el poder espa- ñol y se instaló el de Buenos Aires sobre las provincias argentinas.