El 8 de julio, Mariano Moreno ordenó que los que se opusieran a la revolución fueran remitidos a Buenos Aires a medida que fuesen captu- rados, pero el 28 de julio la Junta decidió el fusilamiento de los cabeci- llas. Sólo Manuel Alberti, por ser sacerdote, se abstuvo de firmar la orden.
Los sagrados derechos del Rey y de la Patria, han armado el brazo de la justicia y esta Junta, ha fulminado sentencia contra los conspirado- res de Córdoba acusados por la notoriedad de sus delitos y condena- dos por el voto general de todos los buenos. La Junta manda que sean
arcabuceados Dn. Santiago Liniers, Don Juan Gutiérrez de la Con- cha, el Obispo de Córdoba, Dn. Victorino Rodríguez, el Coronel Allende y el Oficial Real Dn. Joaquín Moreno. En el momentó que todos ó cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fuesen las cir- cunstancias, se ejecutará esta resolución, sin dar lugar á minutos que proporcionaren ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden y el honor de V. E. Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema y una lección para los gefes del Perú, que se avanzan á mil excesos por la esperan- za de la impunidad y es al mismo tiempo la prueba de la utilidad y energía con que llena esa Espedicion los importantes objetos á que se destina.
Dios guarde á V. E. muchos años. Buenos Aires, 28 de julio de 1810.
Cornelia Saavedra — Dr. Juan José Castelli — Manuel Belgrano — Manuel de Azcuenaga — Domingo Matheu — Juan Larrea — Juan José Paso, secretario — Mariano Moreno, secretario.
La orden llegó a Córdoba entre el 4 y el 5 de agosto. Ortiz de Ocampo mandó inmediatamente a ejecutarla. Sin embargo, debido a que trascen- diera la medida, una comisión formada por el deán Funes, el cabildo, el clero, damas y otras personas rogó a Ortiz de Ocampo para que suspen- diera la medida hasta tanto Funes y su hermano escribieran a la Junta para lograr retrotraerla y cambiarla por una pena menos cruel. Funes habló en nombre de todos, advirtiendo que la revolución «vendría á tomar desde aquel momento el carácter de atroz y aún sacrílega, en el concepto de unos pueblos acostumbrados á postrarse ante sus obispos».
Tres horas después de mandar ejecutar la sentencia, Ortiz de Ocampo accedió y despachó un mensajero a González Balcarce para suspender la ejecución. Pesaba también el hecho de haber sido ambos compañero de armas de Liniers durante las invasiones inglesas.
Ortiz de Ocampo decidió enviar a los prisioneros a Buenos Aires, es- cribiendo a la Junta el 10 de agosto:
Como uno de los más firmes apoyos del actual Gobierno y de la Ex- pedición auxiliadora, es la adhesión y amor de estos pueblos, es abso- lutamente indispensable no chocar descubiertamente la opinión pú- blica. Las preocupaciones que aun prevalecen en ellos en las materias de religión principalmente, han producido á nuestra vista el más de- clarado sentimiento con solo la presunción de que el Obispo sería una de las víctimas de nuestras fuerzas. Los más de los delincuentes enla- zados en esta ciudad con los vínculos más estrechos, serían llorados por aquellos mismos que acaban de hacer los mayores esfuerzos por auxiliarnos, y entran con nosotros á la parte en la gloria de su apre- hensión. La mayor parte de este pueblo se cubriría de luto, y de este modo previniéndonos en todas las ciudades la consternación y el te- mor, no hallaría entrada en los corazones de esos habitantes la alegría y el regocijo que debíamos esperar. Los dominaría la fuerza y no el amor, que es por tanto título la base más segura para cimentar el nue- vo sistema de gobierno y el inevitable escollo en que debe estrellarse la esperanza de la Exma. Junta [...] Jamás se hubiera separado esta Junta un solo instante de las medidas y órdenes de V. E. si por el convencimiento íntimo de los males que traía aparejados su ejecu- ción, no se hubiera visto en la indispensable justa precisión de atem- perar á las circunstancias, que inevitablemente le han conducido, á su pesar, á suspender en esta parte el justo ejercicio de la justicia, que el brazo de V. E. había casi descargado contra los más criminosos cons- piradores de la tranquilidad y sosiego de la América...
Entre el 11 y el 12 de agosto, González Balcarce recibió en el Totoral la orden de Ortiz de Ocampo de remitir a los prisioneros con una escolta a Buenos Aires sin pasar por Córdoba. Esa escolta de cincuenta hombres quedó al mando del capitán José María Urien, pero el 19 de agosto lo reemplazó el capitán Manuel Garayo, debido al extremo rigor con que Urien trataba a los prisioneros.
Los miembros de la Junta se alarmaron, ya que el resultado del cambio de órdenes era enviar a Liniers a la ciudad que lo tenía por un héroe y
podía suponer un gran peligro para la revolución. Castelli escribió a Chi- clana el 17 de agosto:
Después de tantas ofertas de energía y firmeza pillaron nuestros hom- bres a los malvados, pero respetaron sus galones y cagándose en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta ciu- dad. No puede usted figurarse el compromiso en que nos han puesto y si la fortuna no nos ayuda, veo vacilante nuestra fortuna por este solo hecho. ¿Con qué confianza encargaremos obras grandes a hombres que se asustan de su ejecución? ¿Qué seguridad tendrá la junta en unos hombres que llaman a examen sus órdenes, y suspenden la que no les acomode? Preferiría una derrota a la desobediencia de estos jefes...
El 18 de agosto, la Junta apercibió a la Comisión de la expedición, reiterando la sentencia y expresando que la ejecución inmediata de los reos era el único medio de desvanecer la desobediencia a la orden:
Ha sido muy sensible á esta Junta la resolución que tomó V. E. en orden á los reos de Córdoba, y que comunica en oficio de 10 del corriente. Los compromisos que ha producido á este gobierno, ha- brian hecho balancear su firmeza, sino se hubiesen expedido feliz- mente providencias capaces de allanar el contraste en que se ha visto; pero no será igualmente fácil reparar el descrédito que ha resultado, al ver que los Jefes de esa expedición han atropellado las órdenes de esta Junta, dando entrada á consideraciones que se habian mandado anteriormente no fuesen escuchadas. La obediencia es la primera vir- tud de un General y la mejor lección que ha de dar á su ejército, de la que debe exijirle en el acto un combate [...] La Junta espera que la amargura ocasionada por este procedimiento será satisfecha con una puntual ejecución de cuando ella ordene en lo sucesivo; y que las órdenes no sufrirán el examen y desaire, que en esta ocasión han pa- decido.
Castelli fue nombrado al frente del Ejército del Norte, llevando a Nicolás Rodríguez Peña como su secretario y a Domingo French al mando del destacamento de cincuenta soldados con el que salieron reventando caballos al encuentro de los prisioneros, con orden terminante de fusilarlos. Moreno hizo escoger soldados extranjeros, algunos de ellos ingleses que habían quedado de las invasiones, ya que temía que los Patricios, Arribeños y demás se negaran a realizar la ejecución. Le ordenó a Castelli:
Vaya usted y espero que no incursione en la misma debilidad que nuestro general; si todavía no se cumple la determinación tomada, irá el vocal Larrea, a quien pienso no faltará resolución, y por últi- mo iré yo mismo si fuese necesario...
El 26 de agosto, French alcanzó a Garayo y los prisioneros en la Esquina de Lobatón, donde habían pasado la noche, y tomó el mando de la escolta, continuando el viaje hasta dos leguas de la posta de Cabeza de Tigre, en el sudeste de Córdoba (cerca de la actual Los Surgentes), en donde los esperaba el coronel Juan Ramón Balcarce, quien hizo detener allí a los criados con los equipajes y continuó hacia el Monte de los Papagayos, situado en las cercanías. Allí se hallaba Castelli con Rodrí- guez Peña y una compañía de húsares. Castelli les leyó la sentencia de muerte, que se haría efectiva cuatro horas después. Como resultado de la misma, fueron fusilados Liniers, Gutiérrez de la Concha, el teniente gobernador Victorio Rodríguez, Santiago Alejo de Allende y Joaquín Moreno, y se perdonó al obispo Orellana, quien fue enviado preso a Luján. A French le tocó dar el tiro de gracia al militar francés.
Castelli ordenó enterrar los cadáveres en una zanja al costado de la cercana iglesia de Cruz Alta. Sin embargo, cuando al día siguiente se retiraron los enviados de la Junta, el teniente cura de la capilla los exhu- mó y enterró separadamente, individualizándolos con una cruz en la que se escribió L.R.C.M.A., iniciales de los sepultados según el orden en que se hallaban.
Castelli regresó de inmediato a Buenos Aires y se reunió con Moreno el 6 de septiembre, donde recibió las instrucciones secretas para coman- dar el proyecto revolucionario en el Alto Perú.
El 9 de septiembre, Moreno emitió una proclama de la Junta al respec- to de los fusilamientos:
Todos ellos o por las leyes del nacimiento o por el antiguo goce de empleos distinguidos, o por una larga serie de grandes beneficios de- bían preferir la pérdida de su propia existencia a el horrendo proyecto de ser agentes de las calamidades y ruinas de estos pueblos. Ellos rompieron los vínculos más sagrados que se conocen entre los hom- bres, y se presentaron a vuestra vista unos enemigos tanto más dignos de vuestro odio, quanto habían participado de vuestra veneración y confianza. Un eterno oprobio cubrirá las cenizas de D. Santiago de Liniers y la posteridad más remota verterá execraciones contra ese hombre ingrato...
El 22 de septiembre, Castelli partió desde Buenos Aires, llegó a Cór- doba el 30 de ese mes y a Santiago del Estero el 9 de octubre.