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ara mi generación, encapsulada entre el terror de estado y la postdictadura, Osvaldo Bayer ha traído una voz que es la suya y es algo más que su timbre personal. Para los que teníamos veinte años hacia 1983, el regreso de Osvaldo a la Argentina nos abrió un horizonte de pensamiento crítico que iluminaba con luz natural el presente y, a la vez, nos estaba sugiriendo que esa luz venía de lejos, de otros, de un país que llegó a acumular fuerzas sociales capaces de poner en jaque a la clase dominante. Así, Osvaldo es él mismo y es más que él, y ese desborde simbólico condensa, en verdad, su huella propia. Algo que supo cons- truir –junto a sus investigaciones históricas– frente y contra la dictadura san- grienta, y, luego, de cara a la desvergüenza socialdemócrata que hizo de la impuni- dad el oropel ajado de una democracia poseída por el terror y la complicidad.

Bayer regresa sobre el filo de las elecciones presidenciales y toma contacto con el clima de calle de la retirada dictatorial. Además, visita sus antiguos luga- res de trabajo y brinda una especial dedicación a sus viejos y nuevos amores políticos; entre los últimos, acude a la Casa de las Madres, en la sede de la calle Uruguay. Las había contactado en 1980, mientras avanzaban los actos de denun-

* Licenciada en Ciencias Antropológicas, UBA. Secretaria Académica de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo. Docente de la Cátedra de Historia de las Madres de Plaza de Mayo (UPMPM).

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cia contra la dictadura por toda Europa, organizados por grupos de exiliados y luchadores locales. Parte de su voz argentina, en la lejana y cómplice Alemania de las empresas y los negociados, habrá dejado su impronta en los estudiantes de la Universidad Evangelista de Essen, que entregaron a las Madres de Plaza de Mayo su primer reconocimiento internacional en solidaridad con su lucha (Bonn, 10 de marzo de 1980). Desde entonces, las Madres encontraron en Alemania un compañero de casa abierta y denuncia clara. Un asombrado historiador, tal vez, que las recibía con emoción y plena conciencia de que en esas mujeres del pueblo, armadas de pañuelo blanco y verdades contundentes, se materializaban los vientos indómitos de la historia. En la Alemania de 1980 tanto como en la Argentina de entonces, ellas eran la certeza de que la dictadura militar tendría fin, tanto más cercano cuanto más se dejaran oír sus palabras reveladoras: apa- rición con vida, juicio y castigo a los culpables.

Tras el exilio, parecía la hora de volcar a manos llenas, en las cerradas venta- nas de nuestra sociedad, el cúmulo de pensamiento y acción crítica, solidaria, de los emigrados políticos. Parecía el momento adecuado de mostrar todo lo prohibido por el régimen, de trocar el malicioso estigma de la «campaña antiar- gentina» en el agradecido reconocimiento de quienes hicieron de la marcha forzada al exterior una herramienta más de lucha antidictatorial. Pero el país, arrasado por el genocidio en todas sus profundas dimensiones, mantenía ce- rradas puertas y ventanas y permitía el auge de la teoría de los dos demonios, pilar ideológico de la impunidad construida por los radicales en el poder desde el mismo 10 de diciembre de 1983, mientras la fachada democrática pretendía que estaban realizando la justicia. Bayer traía las manos llenas de la dignidad de los exiliados que, como Cortázar, habían dedicado su tiempo a la lucha común por la caía del régimen dictatorial, aunque aquí poco o nada supiéramos de sus pasos. Traía su archivo periodístico y documental que sigue siendo envidia de investigadores del campo intelectual y temor de la intelectualidad cómplice del terrorismo de estado que, en la postdictadura, reajustó el nudo de la corbata, como si nada hubiera sido, y fue apoyo político-cultural de la realpolitik –térmi- no, por cierto, introducido en su sentido crítico por el propio Bayer en el periodismo de la época–, Ernesto Sábato, Abelardo Castillo, Luis Gregorich:

intelectualidad «progresista» que consigue borrar sus pasos oscuros en tiem- pos de oscuridad, hasta que la pluma de Bayer se abre paso y cita –textual–sus palabras oprobiosas, sus gestos de vergüenza.

El autor de tantos libros ya conocidos y consagrados, acerca de la historia de sangre de los trabajadores argentinos y de otros llegados al país huyendo de otras historias de sangre del mundo, no conseguía trabajo en la flamante demo- cracia de Alfonsín. ¿Lo hubiera conseguido Cortázar? En esos tiempos de re- presores ascendidos con acuerdo del Senado, de justicia militar para los geno- cidas más crueles, de condena sumaria bajo el socorrido mote de terroristas para los artífices de un proceso político con altas posibilidades de revolucionar la sociedad y, por lo tanto, de llevarla a una etapa superadora de mayor bienes- tar para el mayor número; en esos días de puertas cerradas, ya no por la repre- sión dictatorial, sino por el fantasma de la desestabilización de la democracia, las Madres crean su periódico mensual y Osvaldo Bayer tendrá en él su espacio de vida, su ventana abierta, su sitio justo donde socializar su archivo y contestar, golpe por golpe, la bajeza política de los cómplices del genocidio. Ventana a la Plaza de Mayo, pues. Toda una mirada, todo un posicionamiento, cuando mucho intelectual de armas tomar, formado en la revolución incipiente de los años sesenta, setenta, prefería integrar el Grupo Esmeralda, asesor de Alfonsín, o nu- cleares en La ciudad futura (no esta ciudad, la de la Plaza de Mayo, con sus Madres y sus marchas) o el Club Socialista o la revista Punto de Vista en su nueva etapa posdictatorial y, sobre todo, mucho más aún, posproyecto político impul- sado por Vanguardia Comunista, cuya dirección partidaria se encontraba des- aparecida desde 1978, habiéndose llevado al paredón, al mar, a donde fuera que los desaparecedores los condujeran pretendiendo borrar sus crímenes, los nombres y las direcciones del grupo editorial, y ese silencio, solo ese silen- cio, permitió que la revista y sus hacedores de entonces sobrevivieran. Quién te ha visto y quién te ve. 1984, Punto de Vista: inflexión socialdemócrata. Ventana a la Plaza de Mayo: asomarse al grito de las Madres en el país del olvido y la impunidad.

Las Ventanas son un recorrido por la ética periodística y la valentía intelec- tual. Ni un gramo de permisividad para cómplices y asesinos, ni un centímetro

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al margen de la marcha circular, irrenunciable, de cada jueves en la Plaza. El compañero de las Madres, comenzará a perfilarse, para muchos de nosotros, como el maestro de un modo de mirar la realidad opaca, de acompañar el paso firme de las Madres, de polemizar haciendo centro en la verdad, el documento esclarecedor, la valía humana de elegir a los que luchan contra la injusticia por sobre toda otra identificación posible.

Ha sido iluminador, para muchos de nosotros, que algunos intelectuales volvieran del exilio en los primeros años de la postdictadura porque, al hacerlo, un puñado de ellos trajo la llama encendida de un tiempo de búsquedas y apuestas transformadoras, fragmentos de un entramado de relaciones sociales únicas, posibles, revolucionarias, que habían experimentado y cultivado. El puente, que las Madres de Plaza de Mayo buscaron tender entre los hijos y las genera- ciones venideras, encontró apoyos teóricos, ideológicos e históricos en ese puñado que rehuyó la domesticación del terror y la comodidad burguesa: Viñas, Pavlovsky, Gambado, Soriano, Rozitchner, unos pocos más y, desde ya, Osvaldo. En 1996, Bayer nos sorprende con la creación de la Cátedra Libre de Dere- chos Humanos, puesta en marcha en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Corrían los años del nauseabundo subsuelo menemista: saqueo, humillación, burla al sufrimiento popular. Y el grueso de la intelectualidad más instalado que nunca en la buena vida, el elitismo o la superficialidad. Entre tanto, los viernes a la noche ardían de pensadores y actores sociales indignados y sensibles. Los había al frente de las clases públicas y entre los asientos del Aula 108. Era la cita de honor y desintoxicación. Era el debate libre de posmodernismo al uso, y la mano solidaria reencontrada en pleno páramo. Osvaldo lo hizo, con su generosi- dad y sencillez. Con su ética de pan compartido entre el pueblo llano.

En sus largas travesías por el sur del país, en sus conferencias siempre mul- titudinarias, en sus intervenciones como orador de actos políticos, Bayer va construyendo un tipo de intelectual sin abismos entre él y su pueblo. El maestro compañero nos muestra otra forma de relacionarse con las luchas populares. Sus casi treinta años de amistad con las Madres nos entregan modos concretos, creativos, de producción periodística, de crítica política, de marcha junto al sentir popular. Y esto sin renunciar al amor por los libros, al placer de la cita

poética o filosófica. Nada más natural, pues, que las luchadoras le reserven el lugar de honor en el Consejo Académico Nacional cuando, en el año 2000, pongan en marcha la aventura grandiosa de la Universidad Popular, creada libre y rebelde para que, a su paso por esta tierra, no quede de ellas la inmovilidad de los museos, compiladores de lo ausente, sino la dinámica viva, impredecible, del conocimiento transformador de la realidad.

«No venimos aquí a aprender cómo se gana dinero, sino qué solución po- demos encontrar para una nueva sociedad, para la vida digna de los humanos y la naturaleza que nos rodea. Es decir, lo que querían los Hijos de estas Madres. Los Hijos con mayúsculas, que crearon a estas Madres mayúsculas, invictas».1

Esa voz incansable, cálida, siempre atenta a los núcleos esenciales de la lucha que tenemos comprometida, se deja oír año a año en nuestra Universidad Popular. En los momentos difíciles y en la dicha de iniciar cada nuevo ciclo académico. La apuesta es muy alta y nos impele a medirnos en crecimiento, a deducir saber, a tomar lección de esos referentes tan activos en el sentir y la esperanza: los treinta mil luchadores del tiempo por venir, sus Madres-hijas de pañuelos fulgurantes, nuestro ya siempre maestro y compañero.

Mi vacilación