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ara referirme a Osvaldo Bayer, no basta con referenciar la coherencia de una vida. Hay coherentes pasivos, los hay contemplativos o silenciosos. La su- prema coherencia de Bayer siempre fue sonora, y, por momentos, de sonido y furia. Ha sido –y es– la coherencia de un obstinado, perseverante, tenaz y feliz- mente terco. Su pertinacia, lo convierte hoy, en sus juveniles ochenta años, en una rara avis argentina, enfrentada al travestismo político, los pseudoperiodis- tas mediocres y alquilones a sueldo, y a todo aquello que compone el catálogo de lo frívolo y efímero, por no decir escandaloso.

* Abogado, historiador y periodista. Fue Secretario de Derechos Humanos de la Nación en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos del gobierno del Presidente Néstor Kirchner. Ejerce la misma función en la actualidad, con la Presidenta Cristina Fernández. Hasta marzo de 2003, se desempeñó como Juez de Cámara de los Tribunales Orales en lo Criminal de la Capital Federal. Ha sido consultor de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y es profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Tiene una larga trayectoria como defensor de presos políticos y está vinculado desde hace varias décadas al movimiento de dere- chos humanos. Ha sido profesor titular de materias de derecho, historia y política en diversas universidades argentinas y extranjeras. En 1976, al comienzo de la dictadura militar, por un acta institucional la Junta lo privó de sus derechos civiles y políticos, y dispuso la incautación de sus bienes y su captura. Exiliado a fines de 1976 en España, fue uno de los organizadores de la denuncia internacional contra el Terrorismo de Estado en la Argentina. Es autor de más de veinte libros, siendo el más notorio El Estado terrorista argentino. En el plano internacional ha integrado misiones de paz al África, y, en América Latina, a El Salvador, Chiapas (México), Nicaragua, Perú y Colombia, en sus zonas de conflicto. Posee diversas distinciones, entre ellas el Premio Internacio- nal al Periodismo otorgado por la Asociación Pro Derechos Humanos de España en 1990, por su lucha en defensa de los derechos fundamentales del ser humano.

122 | OSVALDO BAYER por otras voces

Más de una vez escuché a Osvaldo definirse como un ácrata pacifista. Re- curso de supervivencia. La palabra justa, el irrefutable dato histórico, la ilumina- ción de las escenas más oscuras del pasado argentino, que han caracterizado toda la obra escrita de Bayer, han tenido más contundencia y poder demoledor que el ejercicio físico de la violencia. Este maestro del periodismo argentino convirtió, desde siempre, su máquina de escribir en algo más eficaz que una máquina de demolición. Violentó con la verdad e hizo añicos lo falso, lo callado, lo mentido con que se edificó la historia de los vencedores, esa historia oficial construida como reaseguro de la perpetuidad de los privilegios y la expoliación de nuestro pueblo.

Su modestia, evidenciada hasta en su expresión corporal y en su hablar sin grandes estridencias, forma parte de la coherencia de este gran historiador, aunque él no se defina como tal.

Después de Bayer, nadie ha podido justificar el genocidio de los trabajado- res patagónicos en 1921, una de las grandes masacres colectivas del siglo xx en nuestro país. Dio varias vueltas de tuerca a la denuncia de José María Borrero con La Patagonia Trágica, y la miró no desde las simples consecuencias, sino desde la exaltación de la epopeya de las víctimas, convirtiéndola, mejor dicho, rescatándola, como La Patagonia Rebelde, agotando prácticamente la investiga- ción histórica.

Para ello hizo falta un gran coraje y valentía: ya que sentó por igual en la silla de los acusados a los grandes terratenientes y al ejército argentino, representa- do por el teniente coronel Benigno Varela, y los condenó irremisiblemente por asesinos.

No menos valentía demostró cuando rescató la figura de Severino Di Gio- vanni, fusilado por los golpistas del treinta aplicándole la ley marcial, del oscuro destino de asaltante en las crónicas policiales, para mostrar a este admirador de Eliseo Reclús, en su dimensión ideológica y militante «como un idealista de la violencia», el que había escrito que «A la vida es necesario brindarle la eleva- ción exquisita de la rebelión del brazo y de la mente».

Toda la restante obra de Bayer, en especial Los anarquistas expropiadores tiene el mismo carácter.

Pero además la obra del maestro Bayer, a quien rescato como un noble amigo, tiene también su parte de alta ingeniería: le ha borrado el rostro y ha carcomido los cimientos a «insignes» estatuas de la ciudad de Buenos Aires y de otros lugares del país. En especial la de coronel Ramón Falcón y la del general Julio Argentino Roca. Las mismas no han caído aún de sus basamentos, pero cada día están más frágiles y escoradas, preanunciando su implosión.

Con la lógica irreductible de su pensamiento, debió partir al exilio, tras un último gesto de coraje al exigir a los militares la aparición con vida de Haroldo Conti, cuando el terrorismo de Estado comenzó a escribir la página más oscura de nuestra historia en 1976. Y a su vuelta, ¿qué otro espacio podía cobijarlo, que no fueran los pañuelos blancos de las Madres de la Plaza de Mayo?

Junto a las Madres, ha sido y es uno de los bastiones de la lucha contra la impunidad, batiéndose cotidianamente contra las consecuencias de la Obe- diencia Debida, el Punto Final, los indultos y la trama de complicidades.

Por todo esto y por todo lo que escapa a esta escritura de cuarenta líneas, pero que todos sus seguidores bien conocemos, sumo mi homenaje y recono- cimiento a quien es un irremplazable reservorio ético y de coraje civil, que, con generosa fecundidad, va surcando la memoria de los argentinos, como un gran espejo donde mirarnos.