Las iniciativas de generación de ingresos pueden dividirse sobre la base de dos criterios: su potencial de crecimiento y su aporte a la economía
familiar. Según el primer criterio, existen iniciativas de subsistencia, con ingresos incluso insuficientes como para recuperar los verdaderos costos económicos, o para desarrollar alguna capacidad de acumulación y crecimiento. Cabe destacar que todos los proyectos de generación de ingresos que han llegado a ser finalistas del concurso poseen la capacidad de generar algún nivel de acumulación. Según el aporte a los ingresos familiares, estas iniciativas pueden ser la principal o incluso la única fuente de ingresos monetarios para la familia, o pueden generar ingresos complementarios. En el primer caso se encuentran muchas de las beneficiarias de Artesanías Pachamama, de RECA y de C.A.U.Que. Va. El proyecto Producción sostenible de truchas, en cambio, ofrece una fuente de ingresos complementaria, que eleva el nivel de ingreso familiar de sus asociados por encima de la línea de pobreza.
Se debe señalar que ningún proyecto seleccionado es de subsistencia, ya que uno de los criterios básicos de evaluación es que el proyecto sea sostenible en el tiempo. Las iniciativas de subsistencia suelen ser incapaces de ofrecer a sus miembros un empleo de calidad o un ingreso que les permita salir de la indigencia o la pobreza, aunque constituyen una alternativa vital para las personas que no tienen ninguna posibilidad de procurarse otro empleo menos precario y con un mayor nivel de ingreso. Este es en general el caso de los vendedores en las esquinas. Como señala Jorge Arroyo, estas iniciativas de subsistencia deberían ser consideradas en las políticas públicas como una salida de carácter transitorio, que puede servir de puente para que quienes se benefician de ellas se procuren, en otra empresa más próspera, un empleo de calidad. Para avanzar hacia mejores condiciones, es imprescindible que las personas se inserten en el mercado y sean capaces de competir para asegurar la sostenibilidad de su trabajo. Si estas iniciativas de subsistencia son asumidas como un puente, las políticas públicas deberían constituir un apoyo complementario a los miembros de este tipo de proyectos, que les permita contar con condiciones de vida aceptables —educación, salud, vivienda—, y con cobertura de protección social, así como con instrumentos que les aseguren que al concluir el período de transición, lo cual en la actualidad generalmente nunca ocurre, se produzca efectivamente una inserción laboral adecuada. Esto requiere de programas específicos tales como capacitación y bolsas de empleo, entre otros.
La informalidad laboral es un fenómeno que aparece básicamente por la carencia de un empleo en el sector formal de la economía. Existe como única vía de generación de ingresos para la mayor parte de las personas que no están integradas al mercado formal; no representa una solución estructural, pero es una salida, probablemente la única, para todas esas personas. Las iniciativas que generan empleo informal,
aun cuando en la mayor parte de los casos este sea precario —carente de protección social— y mal pagado, son indispensables porque han permitido y siguen permitiendo que mucha gente pueda sobrevivir honestamente. En este sentido, la informalidad no es negativa en sí misma; lo cuestionable es que no se generen condiciones para que estas unidades económicas puedan salir de la informalidad por la vía de una mejor inserción en el mercado, de lo cual depende que esas unidades se mantengan, puedan crecer y en algún momento sean capaces de lograr un empleo de calidad.
Gran cantidad de estas unidades de sobrevivencia están condenadas a permanecer en esa esfera más precaria, en algunos países más que en otros, por el nivel de desarrollo económico o por el carácter excluyente de este, lo cual resulta ser un condicionante macro de la dinámica interna de las iniciativas. Sin embargo, en algunos proyectos dirigidos a las empresas del sector informal no se tiene en cuenta este hecho y todas las acciones se concentran en transformarlas en empresas sostenibles. En un cierto porcentaje de tales iniciativas esto se consigue, pero no sin provocar un daño a las empresas informales en que, por sus necesidades y sus posibilidades reales de desarrollo, no se logra el objetivo. En no pocas ocasiones esos proyectos comprometen a las personas en experiencias empresariales que trascienden su capacidad y que a la postre terminan en una derrota que agrava su situación original. Una compleja tarea de los encargados de las políticas públicas es distinguir entre los distintos tipos de iniciativas. En este sentido, se deberían destinar recursos a mejorar la competitividad de las empresas informales con mayor potencial; en muchos casos esto se logra, como lo demuestran las empresas comunitarias identificadas en el concurso, mediante la asociatividad de productores individuales. A las más retrasadas o de subsistencia es indispensable brindarles un apoyo específico, diseñado para paliar la marginalidad, complementar las condiciones de subsistencia que generan y ofrecer un entorno que permita a las personas transferir su esfuerzo a actividades que les procuren un empleo o un ingreso mejor.