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Periódico El Mundo 14 de agosto de 1991 A propósito del centenario de

San Juan de la Cruz, conviene hacer algunas reflexiones sobre la relación entre exaltación mística y conocimiento científico.

No es difícil que a un lector de San Juan de la Cruz se le humedezcan con frecuencia los ojos. Tal es la profunda im- presión que causan, por ejemplo, sus canciones “Llama de amor viva”, “Noche oscura”, y “Cántico espiritual”. Los amantes del gran místico del Siglo de Oro tuvieron la fortuna de asistir el pasado 3 de agosto a una tertulia sobre la vida y obra del santo, llevada a cabo en el Recinto Quirama. El columnista no ha asistido nunca a un seminario más emocionante.

En unas coplas de Fray Juan “hechas sobre un éxtasis de harta contemplación”, aparece la siguiente especie de entradilla:

Entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo.

El último verso “toda ciencia trascendiendo” se repite al final de cada una de las ocho estrofas de las mencionadas

coplas. Es decir, se trata de un estribillo o ritornello del poema.

¿De qué ciencia habla el carmelita descalzo? Es bien posi- ble que los conocimientos de su época y de su entorno no fuesen más allá de la física aristotélica y la astronomía tolemaica. Pero aparte de esto ¿puede un místico trascen- der la ciencia? O para plantearlo en otros términos más generales: ¿puede un poeta trascender la ciencia? Y si la respuesta fuese afirmativa ¿qué es entonces la poesía? ¿Y cómo es posible semejante hazaña?

Se oye mucho que el poeta (o el pintor, o el escultor, o el novelista) es un anticipador, tiene claves del mundo y le da sentidos a la existencia. Por supuesto que una persona culta sabe que puede haber poesía en un acto cotidiano, y que la persona misma es, potencialmente, un poema. Pero para muchas gentes, poesía significa sólo versos o, más aún, versos sujetos a una estructura, una métrica y una rima canónicas.

Puede señalarse, para empezar, que existen los llamados poemas en prosa. Y los seis escritos por Wilde son de una elevación espiritual difícil de superar. Pero el asunto es más complejo.

El arqueólogo y el paleontólogo que con paciencia suma buscan los rastros y vestigios de la especie; el lingüísta que presenta a una comunidad lo que él considera la dinámica vital de su propia lengua; el genetista que per- sigue con afán las claves informáticas de la vida; el matemático que, en la mitad del camino de la demos- tración de lo que considera un posible teorema, especula, lucubra o intuye la forma final de ese teorema ¿no están proporcionando claves del mundo? Y si es-

tos científicos logran expresar con pasión su voluntad de saber y sus hallazgos ¿no son también en un sentido poetas?

En 1951 Salvador Dalí pinta este óleo sobre tela que rinde un homenaje a un cuadro de

San Juan de la Cruz que también muestra esta singular perspectiva de la crucifixión.

Un ejemplo paradigmático al alcance es Stephen W. Hawking, quien en la actualidad ocupa la cátedra lucasiana de matemáticas en la Universidad de Cambridge en Inglaterra (cátedra que en su momento ocupara Newton, para algunos poseedor de uno de los cerebros más poderosos que se hayan desplazado por el planeta Tierra). Su libro Una sucinta historia del tiempo (traducido al español, no se sabe por qué, como Historia del tiempo) tiene varios atributos, entre ellos el poético. Y vale la pena que se comente algo sobre las visiones del libro frente al cosmos.

“TODA CIENCIA TRASCENDIENDO” (y 2)

Periódico El Mundo 21 de agosto de 1991 Nada permite afirmar que el limitado

cerebro humano tenga que aceptar, aprehender o intuir la manera de ser del universo.

La penúltima acepción del vocablo trascender (Moliner, Real Academia) se refiere a traspasar los límites de la ex- periencia sensible o posible (a la luz de Kant). ¿Puede, entonces, un místico como San Juan de la Cruz trascender la ciencia, según lo señala en sus famosas coplas? O pues- to en términos más generales ¿puede un poeta trascender la ciencia?

La primera pregunta tiene una respuesta profundamente res- petable pero no aceptada por todos: el místico, así no conozca o domine la ciencia, puede trascenderla en razón de la inspiración divina o por el don de la gracia. La segun- da pregunta tiene otra respuesta, también más general: si el poeta no sabe nada de ciencia, le es imposible trascenderla. El hermoso libro de Stephen Hawking intitulado Una su- cinta historia del tiempo tiene el atributo poético y se caracteriza, entre otras cosas, por trascender la ciencia. En efecto, el catedrático inglés domina el estado actual del co- nocimiento científico sobre el cosmos, lo expone al lector en los términos menos técnicos posibles, y luego especula, lucubra, intuye y trasciende dicho estado en un intento por

anticipar resultados, señalar posibles explicaciones y mos- trar caminos de trabajo para el futuro.

En el principio era la nada. No había espacio, ni tiempo, ni materia, ni energía, ni el vacío, ni siquiera un punto. De esa nada brota algo inconcebiblemente pequeño, y de esto, como parte de él, surgen el espacio, el tiempo, la materia, la ener- gía. Es la Gran Explosión (Big Bang, expresión inglesa acuñada en el ámbito internacional) que, según se estima, ocurrió hace 15 mil ó 20 mil millones de años.

El universo continúa expandiéndose en la actualidad, y se ha medido, en algunos casos, la velocidad con la cual unas galaxias se alejan de otras. De acuerdo con la teoría de la relatividad (una teoría es algo no plenamente demostrado pero que se mantiene vigente hasta tanto se efectúe una observación que contradiga lo previsto por la teoría en cues- tión), el universo no está regido por la geometría euclidiana (la que se enseña en el bachillerato) sino por otra, denomi- nada riemanniana (en honor de Riemann). Esta geometría es tal que si un viajero sale del planeta Tierra y viaja siempre en línea recta, al cabo de un recorrido largo volverá a su planeta de origen. Ello implica que el universo es finito e ilimitado (dos conceptos excluyentes en la geometría de Euclides).

En 1981, los jesuitas organizaron una conferencia sobre cosmología en el Vaticano. Al final de la conferencia, los participantes fueron recibidos por el Papa y, según narra Hawking en su libro, Juan Pablo II les dijo que estaba bien que estudiaran la evolución del universo después de la Gran Explosión, pero que no debían indagar sobre ella misma porque se trataba del momento de la creación y por lo tanto de la obra de Dios. Ante tan importantísimo comentario del sucesor de Pedro, a Hawking solo se le

ocurre retomar la leyenda negra sobre la relación entre la Iglesia y Galileo (a éste le pasó lo que le pasó porque creía saber no solo de ciencia sino también de teología y, además, le gustaba pelear. Es decir (sin que ello signifique justificar el grande error del Vaticano), Galileo se la bus- có. Pero esa es otra historia).

En su libro ¿Qué es la metafísica? Heidegger hace una pregunta estremecedora: ¿Por qué hay ser y no más bien nada? En cierto sentido, este filósofo retoma una frase de Leibniz, que aparece en su libro Principios de la naturale- za y la gracia fundados en la razón, en el cual también hay un interrogante sobrecogedor: ¿Por qué hay más bien algo que nada? Dado el conocimiento actual, hoy podría

hacerse una pregunta más fundamental que la heideggeriana (nacer después tiene algunas ventajas): ¿Por qué hay Gran Explosión y no más bien ninguna Gran Explosión?

Para escaparse de un animal salvaje, cazar, procrear, hablar, pintar... el ser humano no necesita un cerebro capaz de conocer la teoría de la relatividad ni la mecánica cuántica. Ese cerebro es producto de la interacción con un medio en la lucha por la supervivencia y el ascenso espiritual. Para llegar a donde ha llegado, la persona puede defenderse, en gran medida, con la geometría euclidiana y la física newtoniana. No debe exigirse a ese cerebro, entonces, que aprehenda con plenitud y acepte con gracia la manera de ser, antes comentada, del universo en que está inmerso.

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