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Se meció la cuna del Padre Honorio en esta ciudad encantadora, en cuyo valle pone un toque de luz el río Penderisco. El año 88 tocaba entonces a su fin. Sus virtuosos genitores don Martín Cossio y doña Nicolasa Herrera supieron modelar maravillosamente el corazón del niño, que más tarde habría de ser brillo del clero honra de su pueblo natal en los gloriosos torneos de la causa de Cristo.

Por el año de 1905, su tío materno el Canónigo Provisor de la Diócesis de Antioquia, presbítero Juan Bautista Herrera, lo llevó consigo a la blasonada ciudad de Robledo, con el fin de iniciarlo en Humanidades en el famoso Colegio Apostólico. Al año siguiente –1906- cuando apenas frisaba en los diez y siete años, tuvo la dicha inenarrable de ingresar por primera vez en los severos y espaciosos claustros del histórico Seminario. Muchos lauros cosechó el joven Honorio en las aulas de aquel edificio secular, distinguiéndose entre sus compañeros de estudio por la dulzura siempre uniforme de su carácter apacible, por su amor entrañable a las disciplinas mentales, por su inclinación decidida al estado eclesiástico y por el acopio abundante de las más hermosas virtudes.

Imposible decir el fervor y casto arrobamiento con que el joven levita cantó su primera misa en el templo de esta ciudad en medio de los suyos, el 5 de septiembre del mismo año. El presbítero Efrén

Montoya, pariente muy cercano del nuevo sacerdote, ocupó la cátedra sagrada en aquella memorable fecha para cantar con robusta voz las excelencias del sacerdocio católico.

Poco tiempo después tocóle en suerte a la parroquia de Concordia recibir en su seno al Padre Cossio como Vicario Cooperador del meritísimo párroco presbítero Rafael Mejía. Pasados dos años fue trasladado a la ciudad de su nacimiento, que lo recibió con demostraciones de cariño. Aquí permaneció largo tiempo en compañía del Padre Crespo.

Entonces aprendió el Padre Honorio, en la escuela del eminente sacerdote español, a conocer profundamente el corazón humano; aquí se proveyó de prudencia y caridad, virtudes que tanto le sirvieron más adelante en el manejo de los pueblos que hubo de regentar; aquí aprendió la manera de dirigir las almas dulce y fuertemente, hacia su último fin, porque su ilustre y nunca bien llorado mentor era maestro consumado en el arte pastoral.

Con semejantes ejecutorias y así preparado, no es de extrañar que triunfara el Padre Cossio en la administración de los pueblos que después le confió su superior. Buriticá y Cañasgordas fueron teatro de sus labores apostólicas; estas parroquias saben de su celo encendido y no pueden olvidar lo que hizo el Padre Honorio en pro de su bien espiritual y terreno. Era un enamorado de la gloria de Dios y en alto grado estimaba el valor de las almas redimidas con la sangre de Cristo. Por eso se le veía recorrer con frecuencia los campos más remotos, restañando las heridas del pecado con el óleo de la gracia e iluminando los cerebros con la palabra de Dios.

Hace muy poco tiempo bajó al sepulcro, en medio del sentimiento general de conocidos y extraños, el reverendo Padre Ceferino Crespo y García, caballero sin tacha, espejo de ministros de Cristo y orgullo muy legítimo de la feligresía de Urrao. Con esta desaparición se abrió un interrogante doloroso: se trataba de saber quien iría a llenar con decoro la vacante de una parroquia luengos años ilustrada con las virtudes y talento del hijo de Segovia. Pero acertado en sumo grado estuvo el Excelentísimo señor Obispo de la Diócesis cuando fijó su mirada escrutadora en la insinuada figura del Padre Honorio. Era éste precisamente el homo Dei que Urrao necesitaba para llevar adelante la obra civilizadora del Cura anterior.

Quisiéramos tener palabras de fuego, caldeadas del más vivo sentimiento, para glorificar la labor constructiva del Padre Cossio en los pocos meses de trabajo incesante en esta parroquia como cura de

almas. Desde el momento en que tomó posesión canónica del beneficio, pensó seriamente en ornamentar el templo, ya decorado, y embellecer el campo de los muertos. En el primero llevó a término la pavimentación rica y hermosa del presbiterio, ayudado eficazmente en la obra por la Asociación de Adoradoras del Santísimo. En el segundo ensanchó considerablemente la capacidad del cementerio, agregándole un predio adyacente en la parte delantera y levantando un poderoso muro de contención a la entrada, largo y esbelto, sobre el cual ha de lucir con el tiempo sus primores una verja de hierro con artística portada en el centro.

Según dijimos atrás, el Padre Honorio realizó los deseos de su ilustre antecesor, colocando al frente del hospital de caridad a las abnegadas hijas del San Pedro Claver, las Hermanitas de los Pobres. Estas religiosas ejemplares, humildes y calladas, se sacrifican a diario en la semioscuridad de las salas donde sufren los enfermos, a quienes tratan con delicadeza cristiana, hasta el sacrificio personal. Y no se crea que trabajan con esperanza de lucro. Su ideal es la pobreza, su vocación es generosamente heroica, la recompensa no la buscan en la tierra. Hay que verlas por esas calles de Dios, tocando de puerta en puerta, en solicitud de una limosna para sus pobres, los enfermos, Y saber que se les paga con desprecio, quizás con ingratitud....

En estas labores se encontraba fervorosamente empeñado el Padre Honorio cuando lo sorprendió la muerte en plena juventud, a raíz de una delicadísima intervención quirúrgica, el 7 de septiembre de 1932.

Tenía cuarenta y cuatro años de edad y fuerzas de sobra para laborar en la viña del señor.. El prematuro fallecimiento de este hermano nuestro nos sorprendió dolorosamente, porque fue modelo acabado de amigos fidelísimos, espejo de varones prudentes, sacerdote enamorado de las almas, celoso como ninguno por la gloria de Dios.

La Sociedad de Mejora Públicas, el honorable Liceo Pedagógico, la Junta Obrera de Civismo y las diversas entidades representativas del Municipio en el campo religioso y civil, exteriorizaron bellamente el dolor de la sociedad urraeña, en sentidas y justísimas resoluciones, con ocasión de la muerte de este meritorio sacerdote.

En el día de hoy y por voluntad exclusiva del Excelentísimo señor Obispo de la Diócesis, nos encontramos al frente de este beneficio, bien penetrados por cierto del deber que nos incumbe como cura de almas.

En febrero del año pasado nos hicimos cargo de la parroquia.

Desde entonces hemos venido desarrollando, en lo posible, el hermoso programa del Apóstol de las Gentes: “Tu vero vigila; la omnibus labora. Opus fac Evangelistae”. Vigilancia continua del rebaño, predicación evangélica abundante, interés por la belleza del culto divino, mejoramiento y defensa de las clases obreras, moralización de costumbres, organización de la renta decimal, cumplimiento de las leyes eclesiásticas, consecución de ornamentos e imágenes, trabajo en las obras del cementerio, etc. Hé aquí el resumen de nuestras actividades en los quince meses que llevamos de permanencia en este valle feliz, verde como esmeralda, anchuroso y magnífico, soleado y lleno de luz, en cuyo territorio alientan 17.000 habitantes.

Otros juzgarán imparcialmente nuestras actuaciones.

Entretanto dejamos constancia de la voluntad que nos anima a favor del progreso moral, religioso y material de esta tierra.

Sin miramientos humanos, sin distinción de personas, hemos llenado el deber. Y eso nos satisface ampliamente.

Más hay que hacer justicia al mérito y reconocer el valor altísimo de la ayuda magnífica, desinteresada y positiva, que nos han prestado en el ministerio los presbíteros Luis López de Mesa y Víctor Gómez.

El primero está en condiciones de exhibir, a pesar de su juventud, una hermosa hoja de servicios en pro de los intereses de la Iglesia. El tuvo la fortuna envidiable de laborar en días pasados bajo la sabia dirección del Padre Crespo, cuyos ojos cerró amorosamente el día de su muerte. Es un sacerdote modelo, incansable en el trabajo, abnegado y dinámico, inteligente y virtuoso. Como Síndico del hospital ha hecho maravillas y la gratitud social ha contraído con él una deuda impagable. Nosotros le profesamos singular aprecio a causa

de sus bellas cualidades de amigo fidelísimo y festivo. La Diócesis de Antioquia tiene en el Padre López una rica esperanza.

Otro tanto podemos decir del presbítero Víctor Gómez, ordenado hace apenas un año, en la flor de la edad, lleno de entusiasmo santo por las cosas divinas. Su primer campo de acción sacerdotal fue la risueña parroquia del Jardín, en donde supo captarse el aprecio de las gentes, debido a la bondad de su carácter y simpatía de su espíritu cultivado. Ahora trabaja entre nosotros en calidad de Coadjutor corista. El profundo sentido del arte divino lo acompaña doquiera. Es artista consumado en la música. Y le tiene amor al teclado, en cuya movible blancura juega con pasmosa agilidad.

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