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Cerca de tres lustros hará que bajo el quemante sol de una mañana trepaba la cuesta de allende el Arma un clérigo de facciones aristocráticas, caballero en un robusto alazán; inverso camino hacia un granuja bajo un fardo de leña y de una vestimenta sucia, raída y maltrecha por la custodiada labor; el rústico mozalbete, con esa actitud estúpida que caracteriza a sus similares, paróse a mirar, más curioso que interesado, aquel rostro de nariz, recta, ojos chispeantes y frente espaciosa, teñida a tal hora de rojo tinte de las pitahayas, bajo un sombrero de color gris y alas respetables, que realmente justificaban el nombre de la prenda por su abundante sombra. El Presbítero continuó su sendero, y el muchacho no interesa al lector.

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Años después le observe más de cerca: la frente invadíale la cabeza con la siniestra intención de dejarla, al parecer, como la de Camilo A. Echeverri en la pluma del Alacrán Posada. “Era que por cierta especie de antagonismo entre la idea y la materia el cabello huía de aquella superficie rescaldada por la fatiga del trabajo y del almacenaje de conocimientos.

Así debió de parecer a Helios una noche en la sacristía de S. José, allá en la Villa de la Candelaria... Hoy, con el desembarazo que autoriza su bondad, aventuro unas pinceladas sobre su persona; así sea para que resalten más sus prendas, por la misma razón de esos fondos negros que –por ley de contraste- realzan las medias tintas y destacan los pequeños rasgos.

Correctamente vestido y pulcro en todo detalle. La fiimbria de la banda que ciñe al cinto ondula con ese desparpajo propio de la elegancia natural.

La figura de este hijo de Leví es interesante; entró en su estancia; con severidad extrema está adornada: un busto de Shakespeare, un crucifijo, algunos muebles confortables y libros, muchos libros. Es

que el Padre Roberto –como se le llama por acá con hondo cariño- estudia con consagración benedictina: así ha nutrido su cerebro.

Galano escritor, sus producciones son de corrección admirable; así campea en la llaneza de la narración histórica, salpicándola de detalles ligeramente picarescos, como exorna una producción poética con imágenes atrevidas, comparaciones admirables y períodos de esa rotundidad sonora, propia sólo del que se agita con holgura en los dominios de la idea y tiene en el lenguaje un dócil instrumento para la culta expresión. Tan fácil brota de su pluma un artículo de género didáctico como una pieza de polémica cálida, punzante y satírica a lo Quevedo; su ataque es vis a vis, cada flecha disparada de su fecunda aljaba hace blanco y penetra profundo; hábil analizador del corazón humano, despeja el lado vulnerable y por allí ataca inquebrantable, severo, con rudeza quizás; su frase de combate es pulida y flexible, como látigo de frecuente uso. Cerebro de potente comprensibilidad, todos sus actos de lucha obedecen a una misma unidad lógica; sus argumentos, son miembros de un solo todo, claro, definido, aplastante.

En la discusión, es de fecunda dialéctica, rica imaginación, fácil coordinación de ideas y verbo armonioso y lento, que cae sobre el contendor como pesado plomo, continuado, abrumador, para producir el efecto de esos martirios a fuego lento, inaguantables.

Pausando la conversación, parece que cada idea, cada juicio, cada expresión, antes de ser manifestados padecieron el más severo análisis; y como es versado en literatura, historia, ciencias, etc., su habla es instructiva, amena, interesante y variada. Familiarizado íntimamente con los clásicos españoles, latinos y griegos y conocedor de las mejores creaciones de otras lenguas, su gusto literario es refinado, rayano en lo implacable. Paciente investigador de la verdad histórica, consulta, compara profundiza y deduce no pocas veces contra la autoridad de escritores ungidos con la fama. Los libros de su estudio aparecen con frecuentes notas y rectificaciones: es que en su incontenible avidez de ciencia parece agotar hasta la última partícula cognoscible en cada tema.

Primer Rector del Colegio de Sonsón, cúpole recibir humanas consecuencias del ingrato magisterio; hoy puédese admirar la inquebrantable humildad de que es capaz su alma, la modestia característica saliente de su personalidad. A las mortificaciones padecidas parece rumiar interiormente las palabras del Leproso de Idumea: “Scio enim quod Redemptor menus vivit, et in novissimo die de terra surrecturus sum: Et rurusum

circundabo pelle mea, et in carne mea videbo Deum Meum.” (∗) Por tanto habrá para él franca gratitud y hondo cariño mientras alienten pechos de sus discípulos.

Temerario sería si dijese palabra sobre la ilustración religiosa del Padre Roberto, yo que sólo he alcanzado alguna vez a levantarle la casulla y oírle la misa con respeto: pues su unción es verdadera, y la compenetración de fe profunda que exterioriza en todos los actos de su ministerio se comunica al circunstante medianamente atento.

Vedle en nuestras húmedas mañanas correr presuroso llevando el Santo Viático a casuchas nauseabundas, rodeado de toscas mujercillas que conducen un casi extinto farolillo y mascullen en coro: “Quien Señor, te amara tanto que de amor muriera” y diréis si la gallarda figura sombreada por el facistol no irradia amor al prójimo, al prójimo infeliz, caridad y fe resplandecientes como las espigas que adornan el dorado almaizar.

En fin, el Padre Roberto es unidad de primer categoría entre los intelectuales que hacen de Sonsón otra

citá feconda, como dijera Gabriel d´Anunzio.

LUIS OSPINA ORIGINAL PARA SONSON EN MCMXVII

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VANITAS

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