En la ciudad de Guatemala, fundada por don Pedro de Alvarado, se meció la cuna del niño José María, hijo de don Félix y Juana María González Guevy, de buena cepa española y cristianos de arraigadas convicciones. “En medio de las oscilaciones producidas por los volcanes de agua y fuego y arrullado por las cristalinas aguas del río Pensativo, creció el niño hasta la edad competente para empezar sus estudios.” (Víctor M. Orozco).
No sabemos a punto fijo cuando recibió el Padre González la ordenación sacerdotal. Nos consta si que ingresó desde muy joven en la benemérita Compañía de Jesús, en cuyo seno vivió hasta que fueron desterrados sus miembros por el casi dictador Manuel Cabrera.
Colombia, en donde ya se pretendía la Regeneración, abrió sus puertas a los desgraciados religiosos, entre los cuales llegó el Padre González, quién, después de haber tocado en Bogotá, resolvió establecerse en Antioquia, la hospitalaria ciudad de Robledo, cuyo prelado, el Ilustrísimo señor Rodríguez, de grato recuerdo, lo recibió con los brazos abiertos. El conocía en efecto las cualidades brillantes cualidades mentales del ilustre proscrito y, sobre todo, sus acendrados virtudes sacerdotales. El señor Canónigo doctor Esteban J. Cardona, que conoció muy de cerca al presbítero González, escribió de él:
“No bien llegó, desplegó su ardiente y apostólico celo por la gloria de Dios y bien de las almas, ya en el confesionario, ya en la predicación, o dando ejercicios espirituales a los diversos gremios de la sociedad antioqueña, cuyos miembros le escuchaban con interés y admiración, porque era un sabio y un teólogo
consumado, y tan humilde, que nunca hizo ostentación de su verdadera y recta erudición en todas las ciencias, así profanas como eclesiásticas.”
Tal fue el sacerdote que llegó como Cura a esta parroquia en octubre de 1901, después de haber hecho premura formal y canónica de su beneficio de Cañasgordas por el de Urrao, con el presbítero Nilo Hincapié. Se puede asegurar que entonces comenzó la Edad de Oro para esta feligresía, en el orden cívico, moral y espiritual. Fue sin duda la época de lo que pudiéramos llamar sin paradoja “regeneración de costumbres y acercamiento a Dios”.
En abril de 1908 organizó en efecto el Padre González, exclusivamente para hombres, unos famosos ejercicios espirituales, que se prolongaron por un mes, dejando profunda huella en la sociedad urraeña; tanto, que todavía se siente su influjo bienhechor, a pesar del tiempo transcurrido.
“Dios se ha dignado bendecir superabundantemente la labor evangélica de los Padres Muñoz y García, S.J., en este pueblo, escribía entonces alguno. El fervor de los ejercitantes no sólo se conserva sino que crece... La comunión mensual de hombres es ordinariamente de 2.000; la de septiembre subió a 4.000 con los ejercitantes.”
Hay un hecho de máxima importancia en la administración del Padre González: nos referimos a la solemne inauguración del nuevo templo y traslación a él del Santísimo Sacramento desde la antigua capilla, que fue destruida pocos días después y utilizados sus materiales en la fábrica de la nueva iglesia. Gran procesión eucarística, misa solemne, sermón alusivo al acto y Te Deum en acción de gracias, fueron las funciones religiosas que solemnizaron aquella fecha clásica en la historia local.
Nos haríamos interminables si habláramos sobre las varias obras sociales y de culto que fundó el anciano jesuita en la parroquia y que bastan de por sí para que el pueblo lo recuerde con cariño y veneración. Mencionaremos tan sólo a la sociedad de Temperancia y la Adoración Nocturna. “La temperancia es tal, escribía él mismo después, que no se ha visto un urraeño borracho; y los forasteros que se embriagan, son despreciados. Tal vez algunos tomarán furtivamente, pero es lo cierto que no se ha visto un caso de embriaguez en alguno del pueblo. Son tantos los que se han alistado en la Adoración Nocturna, continuaba, que he tenido que duplicar los coros, 24 en vez de 12; y el templo está lleno de hombres
durante toda la noche, del primer jueves al primer viernes de cada mes... Cierto que hay mucha labor; pero, al palpar el fruto, se trabaja con gusto.”
Algo más de doce años consecutivos estuvo ilustre hijo de Guatemala haciendo el bien entre nosotros. En todo este tiempo tuvo como Vicario Cooperadores, sucesivamente, a los distinguidos sacerdotes presbíteros Luis María Vásquez, Andrés Mejía y Clímaco Antonio Lopera, todos ellos eclesiásticos ilustres en la actualidad.
Al último de los mencionados le cupo la gloria de realizar el sueño dorado del Padre Botero: el primer hospital de caridad, que funcionó pobre y modestamente en la casa que hoy es propiedad de don Dimas Navarro. El mismo Padre Lopera, caritativo, abnegado y desprendido hasta el sacrificio, lo administraba directamente con los escasos recursos de su bolsillo y con las limosnas de los fieles. La señora Mercedes Rivera fue la primera enfermera que estuvo entonces al frente del hospital, ayudada eficazmente en sus labores por las Eudistinas, grupo de señoras humanitarias que se turnaban a la cabecera de los enfermos.
Para terminar diremos que el Padre González, “era alto de cuerpo y de constitución delgada, tez blanca, ojos negros, frente espaciosa, nariz recta y boca proporcionada”. En vista de que el clima de esta población no le aprovechaba, el Ilustrísimo Obispo de la Diócesis lo destinó para Capellán de las Reverendas Hermanas de la Presentación, de Támesis, ciudad en donde murió como un santo el 8 de enero de 1917, pobre y sencillo como había vivido y de acuerdo con el voto de pobreza evangélica que había formulado en el seno de la Compañía de Jesús.